Cuando en 1969 Adolfo Bioy Casares escribió Diario de la guerra del cerdo probablemente sus contemporáneos admiraron su ingenio para construir esa breve novela distópica y valoraron el trasfondo filosófico de su tema central: el paso del tiempo para la vida humana.
El Diario de la guerra del cerdo imagina una guerra entre jóvenes y viejos, o, mejor dicho, las acciones violentas que aquellos realizan una vez que arriban a la conclusión de que los viejos son inservibles y deben ser eliminados. “Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos”, dice uno de los protagonistas, como un argumento que enlaza la eliminación de viejos con alcanzar la libertad.
Pero probablemente nunca nadie imaginó que esa novela distópica se iba a volver tópica en la Argentina del siglo XXI. Posiblemente ni siquiera los que votaron al actual presidente, quien se refiere a los adultos mayores como “viejos meados”, creyeron que esa expresión tuviera visos de transformarse en acciones concretas para reeditar, esta vez de verdad, una guerra del cerdo.
El argumento es muy seductor y consiste en exculpar a cualquier persona joven de las desventuras, reales o magnificadas, que sufre la sociedad actual. Todo será culpa de esos “mayores” que gobernaron al país durante tantos años. Claro que esos mayores son nuestros abuelos y nuestros padres, los que trabajaron toda su vida para mantenernos y ayudarnos a crecer y a estudiar. Pero, por alguna razón, siempre es bienvenido un discurso que señale que la culpa la tiene otro o, al menos, que uno no tiene ninguna responsabilidad.
Y a los jóvenes que se oponen a ese tratamiento superficial de la realidad, los atropella el camión, como al hijo de Vidal, al grito de “un traidor menos”. Y hoy ni siquiera hace falta salir con el camión, las redes sociales se encargan de insultar y descalificar durante todo el día a cualquiera que intente avisar de esta guerra sin sentido.
El supuesto milagro del “equilibrio fiscal” logrado en “tiempo récord”, según se ufanan en decir los actuales gobernantes de la Argentina, se alcanzó de una manera muy sencilla: arrojando a la indigencia a la mayoría de los 7 millones y medio de jubilados y pensionados del país, o sea, aniquilando sus ingresos vía inflación. De hecho, algunos analistas consideran que el poder adquisitivo de jubilaciones y pensiones ha disminuido entre un 67 y un 77% en los primeros meses del año.
De esa manera, el milagroso “equilibrio” se logró disminuyendo la parte del PBI destinado a la seguridad social de algo más del 9 % histórico a menos del 5 % en la actualidad. Más allá de la falsa promesa de que el “ajuste” lo pagaría la “casta política”, en realidad parte esencial del mismo lo están aportando las personas más indefensas de nuestra sociedad, por añadidura transitando una edad donde las estrategias de sobrevivencia se van reduciendo día a día.
Tampoco deja de llamar la atención que funcionarios de diversos organismos multilaterales, que probablemente no han leído a Bioy Casares, también alaben esta marcha de los acontecimientos. En medio de esta guerra en desarrollo que enfrenta a los más poderosos contra los más débiles, organismos como el FMI o la OCDE insisten en que la Argentina va por el camino correcto. Mientras todos sus documentos hablan cínicamente de su preocupación por los más desprotegidos, les parece excelente que aniquilando los ingresos de los viejitos y las viejitas que hicieron la patria se logre el reclamado “equilibrio” que proporcione fondos para pagar a los acreedores internacionales deudas fraudulentas con intereses usurarios.
Mientras esto se produce, porque “no hay plata”, aumentan desproporcionadamente los gastos en seguridad interior, incluyendo miles de millones asignados a organismos de inteligencia en carácter de “fondos reservados”, o sea, que no se puede saber en qué se utilizan. Observando las abrumadoras campañas de confusión y engaño llevadas a cabo a través de las redes sociales por trols profesionales y el cada vez más sofisticado armamento destinado a la represión interior para la que se aumenta permanentemente la cantidad de efectivos, no cuesta mucho hacerse una idea de a donde van a parar parte de esos fondos.
Lo que está ocurriendo en la Argentina no es nada “milagroso” y tampoco “novedoso”: como siempre que se favorecieron a los sectores concentrados de la economía y se quitaron recursos al resto de la sociedad, el principal gasto del Estado se destina a reprimir la protesta social cuando las personas afectadas tratan de reclamar por sus derechos conculcados.
Lo único nuevo, en esta ocasión, es que con inusitada crueldad se hayan elegido a las personas mayores para restringir brutalmente sus ya bajos ingresos, sumiendo en la desesperación a aquellos que dieron todo y que han llegado a la etapa de la vida donde debería esperarlos el descanso y una digna despedida cuando llegue su momento.
En el Diario de la guerra del cerdo se sospecha que “los chicos matan por odio contra el viejo que van a ser”. En el caso de la Argentina actual esas explicaciones psicológicas parecen excesivas, todo parece más simple: siempre es más fácil abusarse de los más débiles.
Agosto de 2024. emiliopauselli@gmail.com