Nuestra cultura, en la que el valor máximo no es la paz ni los derechos humanos ni la felicidad, como se podría suponer, sino el ganar dinero, todo puede ser sacrificado a ese fin último, incluida la salud física y espiritual de las propias personas. Como inmortalizara un humorista anónimo: “el dinero no es un fin en sí mismo, es un medio para obtener más dinero”.
Claro que las motivaciones son bien distintas dependiendo de quién se trate. Para miles de millones de personas ganar dinero tiene que ver con poder cenar a la noche. Para otros, menos numerosos, con tener una vida previsible y acceder al bienestar que ofrece la cultura para ellos y sus familias. Para una pequeña elite, ganar dinero tiene que ver con alcanzar, mantener o ampliar el poder que ya tienen para, de esta forma, mantener a los demás en el lugar de proveedores de riquezas para sus arcas, ya sea como trabajadores, como consumidores, como proveedores de órganos o de satisfacciones sexuales.
La tecnología, entre tantos beneficios que nos ha traído, también ha hecho caer una nueva calamidad sobre nuestras sociedades: las apuestas on line. Niños, jóvenes y adultos aportan inmensas cantidades de dinero a las grandes plataformas que ofrecen desde casinos hasta apuestas deportivas.
Tan grave es la situación creada que ya los gobiernos, los mismos que autorizan esas plataformas, comienzan a preocuparse por el nivel de afectación que estas ofertas producen en la población, en especial en la más joven. Algunos funcionarios o políticos aparecen unos segundos en los medios de comunicación diciendo estar “tomando medidas” para controlar la ludopatía infantil.
Como es comprensible, esos segundos nada pueden contra horas de publicidad alentando a jugar. Para esto se contratan famosos periodistas o deportistas de elite y, de fondo, siempre se muestra a personas felices festejando por el dinero ganado a través del sistema de apuestas.
Claro que estas imágenes de alegría son enteramente falsas, tanto como los mensajes de los antedichos famosos. Apostar no es demostrar lo que usted sabe ni es animarse a arriesgar ni divertirse ni vivir emociones increíbles. Es, para la inmensa mayoría de los participantes, perder el dinero apostado: como es bien sabido, esa es la lógica del negocio de apuestas.
No es el juego el primer atentado público contra los intereses de la población. Durante décadas el consumo de tabaco hizo estragos en la salud pública aupado en la costumbre cultural exacerbada por la permanente publicidad. Ésta última incluía imágenes de éxito económico, de conquistas amorosas y también de eventos deportivos, como, por ejemplo, el automovilismo.
En el caso del tabaco, junto a extensas campañas alertando sobre los riesgos para la salud, fue decisiva la sanción de leyes que prohibieron la publicidad masiva alentando su consumo. En aquella oportunidad se alzaron voces reclamando por la “libertad de mercado” y hasta confundiéndola con la libertad humana, pero los efectos nefastos eran tan extendidos que, finalmente, el legislador se decidió por sancionar aquellas normas.
Si la preocupación que expresan gobernantes y funcionarios sobre los efectos de la masificación del juego es real, está a su alcance prohibir su publicidad. Hoy, la misma ocupa extensos espacios en los medios de comunicación, provee de dinero a productores de plataformas mediáticas, también a algunas ligas deportivas a las que esponsorean, y deja unas migajas a los gobiernos en materia de impuestos.
El juego, el tabaco, el alcohol o las drogas son costumbres sociales, como tantas otras. No tiene ningún sentido prohibirlas, eso sólo las encarece y favorece la creación de redes mafiosas; se trata de algo mucho más sencillo: no estimularlas.
¿Tiene derecho la sociedad a definir qué costumbres no alentará por el daño que producen? No alentamos que los varones ejerzan violencia sobre las mujeres o que los afrodescendientes sean discriminados por el color de su piel. Pero, si se gana dinero… ¡uhm!, ahí ya nuestra ética tambalea.
Como dice el tango, “¡Suerte loca es conservar una ilusión en tanto penar!”. Pero, querido lector, amable lectora, hay ilusiones mucho más interesantes y menos costosas que las que prometen, mintiendo, los juegos de azar.
Septiembre de 2024. emiliopauselli@gmail.com