Sobre causas y efectos

Si usted va por Barcelona es sobrecogedor escuchar, a cada hora, el carrillón de la basílica La Sagrada Familia proyectada, y construida en parte, por Antoni Gaudí. Puede usted quedar embelesado con su sonido, disfrutando de la genial idea del arquitecto catalán que imaginó reproducir con ochenta y cuatro campanas los sonidos de un piano, para lo que tuvo que realizar extensas investigaciones sobre las ahora más conocidas campanas tubulares.

Pero, dirá una lectora avisada, ¿cómo puede ser eso cierto si en La Sagrada Familia no hay ninguna campana? Es más, haciendo gala de su erudición, nos informará que aún no se han terminado de construir las dieciocho torres que deberían albergarlas. En fin, que la vida está llena de misterios.

Y ni que hablar si usted ha escuchado sonar el órgano de tubos en su interior, ya que dicha Basílica –nos informará la misma lectora– no cuenta con un órgano de tubos y, lo que es más escalofriante, tampoco con organista.

Si usted pudiera trasladarse del mundo cristiano al musulmán y, de alguna manera mágica –por ejemplo, haciendo uso de los polvos Flu con los que Harry Potter se transporta hasta el callejón Diábolo–, desaparecer de Barcelona y aparecer en El Cairo, se verá de nuevo sobrecogido por la profundidad de la religiosidad humana. No podrá sustraerse a la emoción que produce cada uno de los cinco llamados a la oración que transcurren durante el día y que se escuchan en toda la ciudad.

Y esa emoción crecerá cuando sepa que tal llamado lo realiza, a viva voz, el almuédano que sube al minarete de la mezquita al amanecer, al mediodía, a la tarde, al atardecer y a la noche. Pero, esta vez nos corrige un lector estudioso de las costumbres musulmanas y nos dice con cierto dejo de reproche: ¿no sabe usted que ya no hay ningún almuédano que se suba a ningún minarete?

¡Uf! ¡Qué situación! Ya no necesitamos ni del alma del Maese Pérez de Bécquer ni del almuédano ciego de Saramago: sentimos los mismos efectos una vez desaparecidas las causas. El carrillón, el órgano y los llamados a la oración son grabaciones reproducidas por altavoces desde esas construcciones elevadas, que por creer que nos acercan más a Dios –que supuestamente vive en el cielo–, construimos los seres humanos.

¿Qué un organista tuvo que realizar esa grabación? Bueno, no necesariamente, la música electrónica así lo certifica. ¿Que un almuédano tuvo que llamar a la oración para poder registrar su voz? Corre la misma duda que para el caso anterior, la inteligencia artificial es totalmente eficiente para reemplazar al almuédano. Finalmente, como ya habían advertido desde Platón hasta Calderón de la Barca, hemos llegado a vivir en un mundo de ilusiones.

Creemos que ocurren cosas que no ocurren –nadie toca el órgano y nadie llama a la oración–, pero las consecuencias que producen en nuestro espíritu esos sonidos que perciben nuestros oídos es exactamente la misma: ya no es tan sencillo distinguir fantasía de realidad. La majestuosa creencia de la ciencia moderna de que debe ocurrir A para que ocurra B, queda contradicha.

¿Cómo orientarnos en un mundo donde carecemos ya de estas certezas básicas? La persona que nos da una información a través de las redes es muy probable que no exista, sólo se trata de un artefacto que persigue alcanzar ciertos efectos en nosotros, aunque sus causas sean irreales.

Se puede pensar que toda civilización es, en algún sentido, un artificio. Pero habrá que aceptar que nuestra capacidad de artificialidad nos está obligando a reaprender el mundo. Mal época para los organistas, los almuédanos y los tañidores de campanas, y peor para los que siguen imaginando que aquellos existen.

¿Qué futuro nos espera, cuando la tecnología puede hablar con Dios prescindiendo de nosotros? ¿Entonar sus himnos, recitar sus alabanzas y rezar por nosotros? Habrá que buscar otras ocupaciones, como las buscan los que ya no manejan vehículos que se manejan solos, no realizan cálculos que realizan las computadoras o no cosechan los frutos de la tierra que ahora recogen las máquinas.

Los desocupados de Dios deberemos buscar una nueva definición de lo humano en algún recoveco de este presente deshilachado que, entre guerras, sociedades inmensamente desiguales y un planeta explotado al límite, nos da señales claras de que, así, no es posible seguir.

Octubre de 2024. emiliopauselli@gmail.com 

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