Hay muchas maneras de clasificar las distintas etapas que ha atravesado la especie humana desde que tenemos noticias de nuestros antepasados. Lo que haya ocurrido antes sólo podemos suponerlo, aunque futuros descubrimientos puedan traernos alguna información de la que no disponemos aún.
Una de las clasificaciones más habituales es la que divide ese pasado en prehistoria, historia antigua, edad media, edad moderna y edad contemporánea, o sea, la que estaría transcurriendo en estos momentos. Hay quien ha criticado esta división por parecerle muy europea. La edad moderna resulta sospechosamente ligada a la construcción del sistema colonial y la contemporánea a la extensión del capitalismo a escala planetaria.
Otros simplifican la cuestión y hablan de dos etapas: prehistoria, o sea aquella época de la que no tenemos documentos escritos, aunque sí otros indicios, e historia: desde que comenzamos a contar con información escrita sobre los avatares humanos.
Pero, así como en la primera clasificación la historia se dividía en edades, también se ha hecho la misma operación sobre la prehistoria. Así nos encontramos con la edad de piedra, la edad del bronce y la edad del hierro. Pero tampoco todos aceptan esta división, los hay, por ejemplo, que hablan de la edad de piedra (paleolítico, mesolítico y neolítico) y de la edad de los metales (cobre, bronce y hierro). Para su sorpresa, le diremos que algunos antropólogos, analizando cómo funcionan las maquinarias y la industria modernas, sostienen que aún nos hallamos en la edad de los metales.
Mucho menos conocida, pero no por eso menos importante, es la división que reconoce tres eras que nos trajeron hasta el mundo actual: la era del fuego, la era del pan y la era del oro. En ésta última nos hallamos actualmente, quizás en sus postrimerías.
La era del fuego nos permitió transformar en comestible muchas cosas que nos rodeaban y a las que de otra manera no le hubiéramos podido hincar el diente. Por añadidura hizo posible dos eventos decisivos: cocer el barro y, ya con ollas, ¡a comernos el planeta!, y fundir los metales, lo que tampoco hubiera sido posible sin el dominio del fuego.
La era del pan se inició no hace tanto, quizás unos diez mil años, con la invención de la agricultura. Créalo o no, aún vivimos gracias a ella. De los problemas que se generaron al pasar de la era del fuego a la era del pan sabemos poco, pero sí conocemos bastante bien los desajustes que produjo el paso de la era del pan a la era del oro, ya que ésta última empezó hace apenas unos tres mil años.
Algunos testigos notables de ese tránsito, cuando los hombres aún recordaban cómo funcionaba la era del pan, no dejaron de expresar su perplejidad: “Extraña riqueza esa del oro, en medio de la cual se puede perecer de hambre y de sed”, nos dejó escrito Aristóteles.
Por alguna razón que desconocemos ni los economistas ni los historiadores se han tomado el trabajo de desentrañar ese misterio que, a decir verdad, parece una historia increíble: la de cómo el oro llegó a ser más importante que el pan. Pero, si nos interesa la verdad, deberemos aceptar que no todo lo increíble es falso. A algunos les parecía increíble que la tierra girara alrededor del sol, “eppur si muove”.
Es más, algunos teóricos de la era del oro afirman que lo único que importa es la moneda, que con ella se solucionan todos los problemas de la vida. La inflación, el hambre o el hecho de que no todos seamos ricos es el resultado de no respetar “las leyes de la moneda”. No importa qué se haga con ésta, si se compran armas o se sobornan diputados, si se endeuda a los países pobres o se subsidian las exportaciones de los países ricos, si se distribuye en la sociedad o si se acumula en pocas manos: lo importante es respetar el oro, como antes se respetaban a los reyes o como, hasta hace poco, se respetaba a Dios.
Claro que la humanidad no está del todo satisfecha con la manera en que se vive en esta nueva era, por algo al oro se lo ha apodado “el vil metal”. Causa regular de asesinatos, traiciones y políticas de Estado absolutamente inconvenientes para las sociedades que esos Estados deberían proteger, la lógica interna de la edad del oro parece haber adquirido una acelerada función destructiva.
Así como hubo humanidad antes de la moneda también podrá existir después. Claro, eso en caso de que el oro no sea tan vengativo para que, si él no sigue reinando, prefiera que la humanidad se extinga. Aunque, pensándolo bien, es poco probable que un metal haga tantos planes: quizás sólo se trata de lo que quieran hacer aquellos que han acumulado bastantes reservas del dios de nuestra era o de su versión herética: el papel moneda.
Octubre de 2024. emiliopauselli@gmail.com