Tarde para lágrimas

La semana pasada el candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica volvió a ganar una elección, cuando muchos creían que eso no era posible. Una parte de los ciudadanos del mundo se sorprende, una vez más, de cómo una persona que se expresa en contra de los derechos humanos, la igualdad entre los géneros, el desprecio a los inmigrantes, que hace gala de un discurso misógino y racista, consiga la mayoría de los votos en su país.

Sin embargo, sería algo arriesgado defender la hipótesis de que las personas lo votan por esas razones. A Milei, en Argentina, no lo votaron por sostener que el Papa es el representante del maligno en la tierra, por afirmar que la justicia social es un robo, que sus adversarios políticos son “mogólicos” o que los contrabandistas son héroes. Lo han votado, probablemente, por otras razones.

Volviendo al triunfo electoral de Trump, uno de sus ejes de campaña fue la pregunta, en el estilo coloquial de los nuevos líderes de la ultraderecha, “¿usted está mejor que cuatro años atrás?”. Y claro, una parte importante de los norteamericanos no lo estaba. Se impuso la lógica que también fue eficaz en Argentina: muchas personas sólo no querían votar “a los mismos”, aunque sin saberlo lo hayan hecho.

Si recorremos el mundo con nuestra mirada veremos que no se trata de fenómenos que ocurren sólo en EEUU o en Argentina, o en el Brasil de Bolsonaro. Además de los casos de Italia o de Hungría, en Alemania la ultraderecha acaba de ganar su primera elección en un Estado desde 1933, obligando a reconfigurar el mapa político interno.

Y estos fenómenos exceden las preocupaciones programáticas: queda bastante claro que estos grupos utilizan la democracia para terminar con la democracia, en tanto ésta no les permita llevar adelante su sueño de retrotraer a la humanidad al siglo XIX, como bien explicita el presidente de la Argentina. Así lo demostraron tanto Trump como Bolsonaro cuando los resultados de las urnas les fueron adversos: intentaron por la fuerza impedir el gobierno de sus adversarios, asalto al Capitolio o invasión del Planalto mediante.

Pero, como bien dice el refrán, “de nada sirve llorar sobre la leche derramada”, sencillamente porque ya se derramó. Queda por delante limpiar el estropicio en que se convirtió nuestra cocina y, sobre todo, nos pone frente a la oportunidad de pensar por qué se derramó. ¿Estuvimos distraídos? ¿El fuego estaba demasiado fuerte? ¿O, simplemente, creíamos que no se iba a derramar?

La administración de Biden, como todos los gobiernos de esta etapa, debió hacer frente a la pandemia, explicación necesaria pero no suficiente de estos pronunciamientos electorales. Haciendo un ejercicio mental, contrafáctico, obviamente, ¿qué hubiera sucedido si los miles de millones de dólares que la administración demócrata gastó tratando de transformar a Ucrania en una amenaza para Rusia los hubiera destinado a la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores norteamericanos? ¿Qué si los miles de millones destinados para apoyar el genocidio que Israel está llevando a cabo con el pueblo palestino se hubieran destinado a subvencionar, por ejemplo, el sistema de salud?

En unos casos la razón imperial, en otros, el desconocimiento de cómo funciona el capitalismo actual, esperando que las inversiones creen trabajo, en otros, sólo la mezquindad política, “o gano yo o perdemos todos”, las débiles democracias occidentales parecen irse al sumidero de la historia sin pena ni gloria.

Una parte importante de las sociedades identifican como responsables de ese camino sin retorno a “los políticos”, o sea, a aquellos que están en el gobierno y debieran representar los intereses del pueblo. Esto claro que no sucede: las empresas y los bancos son cada vez más ricos y los ciudadanos cada vez más pobres. En la crisis financiera del 2008, inmensos recursos que podrían haber sido destinados al bienestar de los pueblos fueron entregados a los mismos bancos causantes de la crisis. Las guerras son un gran negocio para las industrias armamentistas y hay un mercado de bonos donde se puede pagar para destruir legalmente al planeta.

La reacción de los electorados parece bastante comprensible: no se puede seguir votando a los mismos. Lamentablemente, los que mejor han sabido hasta ahora aprovecharse de esta realidad han sido los partidos de ultraderecha. Una parte de la progresía sigue esperando la revolución proletaria, otra volver a las sociedades de bienestar, y otras se conforman con sostener los derechos de los que ya tienen derechos, que son cada vez menos.

¿Por qué no votar a los que dicen que está todo mal? Tienen razón. Y para no votarlos, queda claro que no basta con un discurso de principios, hace falta algo más. ¿Usted sabe qué es?

Noviembre de 2024. emiliopauselli@gmail.com

Ir hacia arriba