El idioma inglés es casi un idioma universal, al menos para comerciar y para comunicarse cuando las personas hablamos idiomas diversos. Se puede explicar, y ya ha sido hecho, cómo la expansión colonial de Inglaterra en todo el globo ha facilitado esa función, reforzada por el hecho de que una de sus colonias –los actuales Estados Unidos de Norteamérica– se ha transformado a su vez en la potencia dominante durante el siglo XX.
Pero sería restarle méritos al idioma si todo lo atribuyéramos exclusivamente a la historia política y económica de los últimos dos siglos. Posiblemente, creen los lingüistas, este idioma se desarrolla a partir de las invasiones anglosajonas del siglo V a las islas, las que llevaron el llamado inglés antiguo a esas tierras donde probablemente predominaban las lenguas celtas. La llegada del cristianismo agregó muchas palabras de origen latino y las invasiones normandas del siglo XI sin duda le aportaron una nueva riqueza.
Atendiendo a esa prosapia, hoy llamaremos la atención sobre que el idioma inglés cuenta con una sola palabra para designar dos conceptos distintos: libre y gratis. Free es libre y freedom es libertad, pero a su vez free tax es libre de impuestos, free way autopista sin peaje, free access acceso libre, free seat asiento libre, freestyle estilo libre.
No es que el inglés no diferencia entre distintas acepciones de la palabra free. En unos contextos querrá decir gratis, o sea, sin costo, y en otras significará sin restricciones. Como se verá, una cultura marítima y mercantil expresa su sabiduría al utilizar la misma palabra para indicar que, cuando no hay que pagar, acceder a ello es libre, porque, al fin y al cabo, para obtener bienes en ese tipo de cultura, normalmente, hay que contar con dinero.
La combinación de esas dos acepciones hace que muchas cosas de acceso libre no sean gratuitas, como utilizar un free software o hacer compras en el dutty free. También se da el caso de que quiera significar que no hay que pagar por adelantado ni una suma establecida, sino a voluntad y una vez recibido el servicio, como en los free tour.
Si free es gratis y es libre, un mundo enteramente libre sería aquel donde no fuera necesario pagar por nada de lo que utilizamos. ¡Pero, qué cosas dice!, exclama un lector que ya está montando en cólera, ¡Nada es gratis en esta vida! Si no se pagara por lo que se consume nadie haría nada.
Bueno, decimos en voz baja para no acrecentar su enojo, eso no es completamente así. Venimos de sociedades donde una parte de los servicios y bienes recibidos no son pagados por cada uno sino por toda la sociedad, como las escuelas o los hospitales, en un gesto solidario.
¡Solidaria tu abuela!, nos espeta otra lectora que seguía atentamente esta discusión. Así terminan esas sociedades, los que pagamos impuestos tenemos que mantener a esa manga de vagos. Pero, balbuceamos ya por temor a las represalias, su hijo o su nieto recibe educación gratuita y usted misma ha disfrutado en distintas oportunidades de subsidio a las tarifas eléctricas o al boleto de colectivo, y su esposo no sería ingeniero de no haber existido la universidad pública y gratuita.
¡Pero sabe dónde se puede meter su subsidio y su universidad pública y gratuita! Acá todo se paga, amiguito, y si no tiene con qué pagar, qué pena, lo siento.
Esa lógica, aunque desconoce cómo funciona el mundo moderno donde las transferencias entre sectores es la única manera de mantener cierto equilibrio en la vida social, equipara la economía mundial a la compra diaria en la verdulería: claro que el verdulero, otro trabajador, necesita recibir el pago por los productos que vende.
Pero no todos los subsidios tienen mala prensa. Por ejemplo, pocos protestan contra las exenciones impositivas a las empresas, la rebaja en los impuestos que pagan las personas más ricas de la sociedad o la posibilidad de blanquear dinero mal habido sin ningún costo económico ni penal. Nuestro lector y nuestra lectora ofuscados posiblemente desconocen que la crisis financiera mundial del 2008 se superó transfiriendo recursos que los Estados habían recaudado para prestar servicios a la comunidad y que, en vez de aplicarse a ese destino, fueron a parar a las arcas de los mismos bancos que produjeron la crisis. Si mis impuestos financian vacunas, me enojo; si financian bancos, no me entero, en fin.
La libertad humana parece ser algo bastante más complejo que la libertad de mercado y, para garantizarla, quizás no alcance con la libertad de comprar y vender. Deberemos reconocer que algo de razón tenía Karl Marx cuando afirmaba que “el individuo lleva su poder social, como asimismo su vínculo con la sociedad, en su bolsillo”.
Por la libertad habrá que seguir esperando.
Noviembre de 2024. emiliopauselli@gmail.com