La perversión económica

El diccionario de la Real Academia Española afirma que pervertir consiste en “Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto; perturbar el orden de las cosas”. Los sinónimos que ofrece son “corromper, viciar, depravar, enviciar, contaminar, infectar, envenenar”. Todo eso es lo que hace la economía en nuestra sociedad.

¿Cómo puede ser eso? ¿No es la economía la sana administración de los recursos que tenemos disponibles? ¿Nuestros males no obedecen, acaso, a las malas políticas económicas? La respuesta lo puede sorprender, pero es: no. Nada de eso hace la economía tal como hoy la entendemos.

Pero ¿la economía no es el motor del crecimiento, del bienestar y del aumento de la riqueza? Podría serlo, pero no lo es. ¿Podría un caballo tirar de un carro? Sin dudas sí, pero el resultado dependerá de las condiciones. ¿Qué le parece a usted que ocurriría si, una vez armado nuestro transporte, le vendamos los ojos al caballo y le damos un latigazo en el lomo para que arranque? ¡Yo no quisiera estar en ese carro!

Esa es la economía contemporánea, y arriba del carro estamos todos. Los argumentos de la economía, el crecimiento, el desarrollo, se utilizan para que el caballo corra más rápido y más lejos, pero ni el caballo ni nosotros sabemos a ciencia cierta hacia dónde se dirige. Los únicos beneficiados son los dueños del caballo, que nos cobran por subir al carro y nos hacen creer que, si el carro elige un rumbo distinto, la humanidad dejará de existir.

Aunque en sus inicios la actual ciencia económica estuvo emparentada con la moral, en la actualidad ese vínculo se ha roto. Si quisiéramos encontrar antónimos para perversión, estos podrían ser virtud o rectitud. O sea, sin dar más vueltas, lo opuesto a la economía sería la ética, entendida ésta última como la ciencia del obrar bien.

¡Este tipo siempre habla de manera oscura!, afirma el lector crítico de todos los lunes. ¡Habla en parábolas, se cree que es un profeta!, lo apoya su amiga, la lectora intransigente. Estos lectores terminan siendo imprescindibles para esta página: sin sus agudas observaciones nos quedaríamos siempre a mitad de camino con lo que queremos compartir.

Veamos un ejemplo: un niño sufre de una enfermedad y necesita de cuidados médicos. ¿Qué sería lo bueno? Proporcionarle esos cuidados, él no eligió estar enfermo: cualquier sociedad civilizada debería tener eso como una prioridad. Pero a esa postura ética no se le opone la maldad, nadie dice ¡qué se joda! ¡¿quién le mandó enfermarse?! No, nada de eso, a esa recta intención la que se opone es la economía. Personas con títulos universitarios y caras serias dicen que eso no es posible porque si no “se desordena la economía”.

Ocuparse de los ancianos, desordena la economía; ser solidarios con los discapacitados, desordena la economía; velar porque las jóvenes generaciones puedan instruirse, desordena la economía; invertir en ciencia y técnica, desordena la economía. En resumen, todas las cosas buenas desordenan la economía.

No quedan dudas, la economía es el mal de nuestro presente, pero se impone con una falsa lógica que ha convencido a muchos. Esa lógica no crea usted que se expone en un tratado con tapas nacaradas, nada de eso, consta sólo de tres palabras: No se puede.

El caballo de la humanidad tiró con fuerza hasta aquí. Quizás sea éste un buen momento para quitarle la venda de los ojos y poder decidir hacia dónde queremos ir.

Octubre de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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