Cuando para la humanidad era un misterio por qué las cosas entraban en combustión, espíritus ingeniosos de la época creyeron descubrir que cada material tenía un porcentaje de una sustancia que explicaba el fenómeno. Sólo era cuestión de ponerle nombre, y la llamaron “flogisto”. La madera contenía mucho más flogisto que el metal, y el papel, claro, mucho más que la madera.
Fue Johann Joachim Becker quien tuvo la idea de que ciertas cosas eran combustibles por su contenido, la terra pinguis, literalmente, tierra grasosa. Y fue Georg Ernst Stahl el que encontró el nombre definitivo, del griego, phlogistós, inflamable.
En un mundo donde se reducen permanentemente los puestos de empleo a manos de la aplicación de tecnología y del aumento de la duración de la jornada de trabajo, se hizo necesario encontrar alguna explicación plausible que justificara el fenómeno. Habría una sustancia en las personas que, con su abundancia, facilitaría el acceso al trabajo, y con su carencia lo dificultaría en grado extremo. Esa sustancia se llama “empleabilidad”.
Ésta ya no estará constituida por un compuesto oleoso, como en el caso de aquellas proto teorías. La empleabilidad estará formada por los conocimientos que el mercado de trabajo reclama, por la actitud proactiva de los jóvenes para lograr su primer empleo, por el dominio de la computación, sin el cual la persona se transforma en un analfabeto del siglo XXI, y por el conocimiento del idioma inglés, imprescindible para ocupar un puesto de trabajo en un mundo globalizado.
Sin embargo, no es fácil encontrar datos que confirmen esas creencias que estarían en la base de la teoría de la empleabilidad. Por ejemplo, el principal grupo de desempleados en la Argentina está integrado por personas con estudios medios o superiores completos. Tampoco las empresas reportan dificultades para contratar los recursos calificados que sus negocios requieren: en todo caso la queja es por tener que pagarles.
Cuando Antoine Lavoisier descubrió el papel del oxígeno en la combustión se terminó con la teoría imaginaria del flogisto. La combustión no era la liberación de una sustancia que resultó inexistente, sino el resultado de la combinación del oxígeno con otra sustancia. Con este descubrimiento, coinciden los historiadores de la ciencia, se inicia la química moderna.
Estamos esperando al Lavoisier que logre convencer a nuestros contemporáneos de que la disponibilidad de trabajo no depende de la capacidad o la actitud de las personas que demandan trabajo, sino de la oferta de puestos de empleo.
Algunos autores creen que ya se sabe que el flogisto no existe, pero que mantener esa creencia presenta innumerables ventajas. Una de ellas sería poder culpabilizar a los desempleados por su situación y exculpar así al sistema de vida que nos ha traído hasta aquí; otra, mantener a esos desocupados entretenidos buscando trabajo en vez de organizarse para remediar su situación; otros creemos que también se trata de una demostración de la ignorancia de los que planean políticas para favorecer la creación de trabajo, con escasa preparación para incidir en los problemas reales que enfrentan nuestras sociedades y con poca vocación para capacitarse y comprenderlos.
Es más cómodo seguir repitiendo frases gastadas, que a una gran mayoría pueden parecerle aceptables de tan acostumbrados que están a oírlas, aunque no coincidan ni con su propia experiencia. ¿Quién no ha escuchado decir que no trabaja el que no quiere?
¡Qué hermosa sería una sociedad donde abundara el empleo decente y cada cual pudiera desarrollarse de acuerdo con su voluntad y sus capacidades! En vez de esto, la OIT estima que en el año 2024 cuatrocientos dos millones de personas buscaron trabajo sin encontrarlo. No parece que esta situación se pueda remediar insistiendo en el sinsentido de que, aumentando la “empleabilidad”, aumentará el empleo, aunque disminuyan los puestos de trabajo.
¡Vaya usted a entenderlo!
Octubre de 2025. emiliopauselli@gmail.com