La IA produce distintos tipos de reacciones: desde los que creen que lo nuevo en la tecnología siempre va a producir de por sí los mejores resultados para la vida humana, hasta los que atribuyen todos los males de la humanidad a que el hombre haya dejado de estar desnudo y escondido detrás de unos arbustos esperando las sobras de predadores más poderosos.
A los primeros no les hace mella que el dominio del átomo haya permitido desarrollar la bomba atómica, coincidiendo con una etapa donde la humanidad ya contaba con los medios técnicos para arrojarla sobre la cabeza de otros seres humanos, y a los segundos les parece baladí, y en su fuero íntimo quizás contraproducente, que los miembros de la especie humana hayan más que duplicado su esperanza de vida, claro, siempre que no les toque a ellos morir de una neumonía a los 30 años. Pero, entre esas dos posturas extremas, crecen distintas preocupaciones que parecen ser mucho más concretas: hoy nos vamos a referir a tres de ellas.
La primera, y muy razonable dado que ya está ocurriendo, es que la IA acelere de tal manera el reemplazo de trabajo humano por la actividad de máquinas, en este caso denominadas “inteligentes”, que una civilización basada en el trabajo como mecanismo de distribución de renta del que depende la subsistencia de más del 98 % de la humanidad –exceptuamos al 2 % que vive de las rentas financieras– termine desastrosamente sin que nadie pueda evitar la catástrofe. Mal llamémosla la preocupación económica.
La segunda, que no nace propiamente con la IA pero que ésta la vuelve actual, es la de que estemos asistiendo al nacimiento de una nueva humanidad compuesta por personas ignorantes. La especie humana, con avances y retrocesos, desde el fondo de su existencia fue aumentando sus conocimientos: quizás ahora inicie un declive donde logre olvidar todo lo que ha aprendido a partir de la facilidad para preguntarle a los aparatos cómo son las cosas. Ya Platón, hace más de dos mil años, recreando un mito egipcio, habla de la doble cara de la escritura: ese regalo que los dioses habían hecho a los hombres ya no permitía reconocer a las personas sabias, podían pasar por tales aquellas que sólo se limitaban a leer y repetir. A esta segunda preocupación llamémosla la preocupación por el conocimiento.
La tercera preocupación que genera la IA se refiere a la posibilidad de suplantar, de manera creíble, a la realidad. Una persona puede aparecer diciendo cosas que nunca ha dicho o hablando en un idioma que no domina o, simplemente, se puede inventar una persona que no existe sin que podamos darnos cuenta de ello. Nos encontraríamos al final de una escalera cuyos escalones, como bien indica Baudrillard, serían la realidad, la representación de la realidad, la representación de la representación y el simulacro. La IA traería aparejada la posibilidad plena del simulacro. Llamémosla, la preocupación política.
Pero este hombre siempre le encuentra un pelo al huevo, exclama ya indignada la lectora de todos los lunes. Es la envidia, le acota su amigo con el que no se conocen sino a través de esta página, como ahora los profesores se van a quedar sin trabajo… Cierto, confirma la primera, basta de estudiar y de soportar a los maestros ciruelas: yo todo lo tengo en el teléfono. ¡A ver si ahora el mundo va a ser peor que antes por la inteligencia artificial!, pregunta dudando el lector inquieto.
Una vez más debemos agradecerles a estos dos amigos porque acaban de decir una gran verdad: la IA no es buena ni mala, eso depende de nosotros y, entre nosotros, del pequeño grupo de personas que tienen el poder para manejarla y sacarle ganancias a su antojo.
El problema de la bomba atómica no se originó por el dominio del átomo, sino por la inveterada costumbre de la humanidad en resolver sus disputas a través de la guerra. La ignorancia no se originó en la escritura, sino en la comodidad de no tener que pensar cómo son las cosas. El simulacro no sería efectivo si las personas repararan en que el teléfono no es una fuente de verdades, sino sólo un artefacto que funciona pagado por los que nos envían o permiten que nos lleguen esos mensajes.
Preocupación por la economía, por el conocimiento y por la vida política en nuestras sociedades; aunque quizás, pensándolo bien, el orden sea justamente el inverso. Aunque los dispositivos políticos en las llamadas pomposamente “democracias” haga dudar de que esos representantes, supuestamente de la sociedad, tengan la voluntad para poner límites a los dueños del mundo, ahora también en poder de la Inteligencia Artificial.
Octubre de 2025. emiliopauselli@gmail.com