Volviendo de Montevideo a Buenos Aires nos impresionó observar en Tres Cruces, la terminal de ómnibus de aquella ciudad, la cantidad de locales destinados a la oferta de crédito que se encuentran en el shopping de sus dos plantas superiores.
Llegamos a contar cuatro de ellos, todos con una cantidad importante de personas sentadas esperando que las llamen por su número. Por su aspecto, se presumían trabajadores y trabajadoras; algunas de esas casas solicitan recibo de sueldo como requisito. La oferta es inequívoca: se trata de préstamos que, en principio, se promocionan como de fácil acceso. Dicho con precisión, negocios de alquiler de dinero por un tiempo, cumplido el cual debe devolverse con intereses. Porque, por si usted si usted no había reparado en ello, el dinero no se puede comprar, sólo se alquila: el que tiene dinero lo sigue teniendo, y el que no lo tiene, debe pagar por usarlo durante unos días, unas semanas o unos meses.
Es como si usted comprara fideos para comer, pero no los pudiera comer definitivamente: en un determinado plazo deberá devolver los mismos fideos más unos fideos más por haber ¿usado?, ¿poseído temporalmente?, ¿sentido el olor?, ¿hecho ostentación? de esos fideos prestados.
No descubrimos nada si decimos que nuestra gente, en Latinoamérica, está cada vez más endeudada. No hay misterio en ello: si en nuestras sociedades, minuto a minuto, aumenta la desigualdad entre las mayorías sociales y los privilegiados, es dable esperar que los primeros encuentren crecientes dificultades para garantizar sus fideos. Lo que podría pensarse como un serio problema social se transforma, en realidad, en una nueva oportunidad de negocios: aquellos a los que no les alcanza para sus consumos, pagarán por obtener, durante un breve tiempo, el dinero del que carecen para atender sus necesidades.
Con esas imágenes en nuestros ojos comenzamos a cruzar el Río de la Plata. Tarde apacible, algunas nubes, al rato de navegación una tenue línea comienza a dibujarse en el horizonte. Primero se trata de la costa de la provincia de Buenos Aires y, ya más cerca, se comienza a recortar la silueta de la ciudad del mismo nombre.
Agujas que parecen querer pinchar el cielo, a medida que el buque se acerca se van transformando en sólidos edificios de notables dimensiones. Cuando ya se comienzan a divisar los carteles que coronan esos edificios, mi acompañante me hace notar que, los más lujosos de ellos, corresponden a Bancos.
Imposible no recordar a aquellas personas que, en la otra orilla, esperaban su turno para solicitar un préstamo. Imposible no pensar en los miles de personas que en esta orilla –en la misma donde esas instituciones financieras hacen impúdica ostentación de su poderío– esperan su turno en instituciones similares o financian sus compras de productos de primera necesidad con la tarjeta de crédito o recurren a prestamistas informales.
Nos pareció una postal de la crueldad de nuestra cultura. Unos pocos guardan su dinero en sólidos edificios mientras otros muchos esperan por utilizar por un ratito una parte pequeña de ese dinero pagando por ello. Y no alcanzan a hacer mella definitiva en esta realidad ni las orientaciones políticas ni las ideologías ni las sensibilidades de los gobiernos, tan distintas por este rato en ambos márgenes.
Las sociedades latinoamericanas también tienen dos orillas. En una, desde la época de la colonia, se acumula la riqueza, ahora custodiada por los Bancos. En la otra, las personas hurgan la basura buscando algo que comer o que vender.
Las casas que hacen su negocio dando crédito a personas necesitadas, con tasas entre el 50 y el 100 % anual, son sólo un tipo de contenedores con asientos y perfumados.
Noviembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com