El derecho a tener derechos

La frase, hecha famosa por Hannah Arendt en 1951, reflejaba una nueva adquisición hecha por la humanidad: la evidencia de que la multiplicidad de derechos –derechos políticos, derechos civiles, derechos económicos, derechos humanos, derecho a la educación, derecho a la identidad, derecho a la alimentación sana, etc.– sólo adquieren consistencia en caso de que se reconozca el derecho a tener derechos.

Muchos grupos humanos, a través de la historia, carecieron de ese derecho. Los esclavos, por ejemplo, que en muchas sociedades constituyeron la mayoría de la población, no tenían derecho a tener derechos; o en las sociedades estamentales, como muchas en Europa y Asia, las personas que carecían de títulos de nobleza –otorgados por parentesco a una ínfima minoría–, tampoco.

En la historia contemporánea, no tuvieron derecho a tener derechos la masa de apátridas generada por la constante reconformación de Estados en Europa durante los siglos XIX y XX, cuyos efectos llegan hasta nuestros días. La disolución del Imperio Austrohúngaro y el retiro de la nacionalidad alemana a los judíos que vivían en ese país elevó a millones los apátridas que circulaban por los distintos países de Europa en la primera mitad del siglo XX. La reconfiguración del mapa del mundo luego del hundimiento del sistema colonial agudizó esa situación.

Tom Hanks, en La terminal (EE.UU., 2004), refleja en una inofensiva comedia la situación de alguien que no tiene derecho a tener derechos. Su país deja de ser reconocido y su pasaporte pierde validez. Entonces, ni puede entrar a EE.UU. ni puede dirigirse a ningún otro país: perdió el derecho a movilizarse en el planeta, su cuerpo queda confinado en el edificio del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York. El divertimento que ofrece la película hace olvidar que está inspirada en el caso del iraní Mehran Karimi Nasseri, quien vivió 18 años en el aeropuerto Charles de Gaulle de París.

Pero ¿de qué habla este bendito? ¿Acaso cree que en la actualidad hay todavía esclavos o nobles?, pregunta, irritado, nuestro lector atento de todos los lunes. No hay que hacerle caso, afirma su amiga de lectura, es que le gusta criticar. Lo de los apátridas –agrega el primero– se lo inventó el man para tener de qué hablar, en mi vida había escuchado esa palabra.

Debemos reconocer que la apatridia no es un fenómeno que ocupe un lugar destacado en los programas de historia contemporánea, pero esa misma situación merecería una lectura sintomática: ¿por qué no se estudia un fenómeno que ha hecho vivir y morir a millones de seres humanos en la carencia total de derechos, aún después de la última pomposa declaración de los derechos humanos de 1948?

Sólo cabe agregar que en 2023 la ACNUR –la Agencia de las Naciones Unidas para los refugiados– constituyó la Alianza Global para Poner Fin a la Apatridia y que en el mismo año la Corte Interamericana de Derechos Humanos prohibió la privación de la nacionalidad.

Hannah Arendt creía, de acuerdo a su propia experiencia vital, que el reconocimiento de la ciudadanía nos dotaba del derecho a tener derechos. Sin embargo, las sociedades contemporáneas se las han ingeniado para que millones de personas, nuevamente o como siempre, carezcan de ese derecho.

En una sociedad sin esclavistas y sin nobles, en las supuestas sociedades del mérito, el mérito se mide en dinero, en un dinero que se hereda y que crea condiciones absolutamente desiguales en la línea de partida desde la que cada ser humano comienza su carrera por la vida.

Cuando parece aceptable que accedan a educación de calidad, a salud de calidad, a medicamentos y a vivienda sólo aquellos que cuenten con el dinero suficiente que les permita pagarlos, todos los que quedan por debajo de ese nivel de ingresos constituyen los nuevos contingentes humanos que no tienen derecho a tener derechos.

La idea de “justicia social” era una manera de intentar que todos tuvieran derechos, la idea de que la justicia social es un robo es la manera de justificar que la mayor parte de la humanidad no tenga derecho a tener derechos.

El problema es que tantos millones no entramos en ningún aeropuerto.

Noviembre de 2025. emiliopauselli@gmail.com

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