Nacionalismo colonial

Estas dos palabras han representado, casi siempre, dos cosas distintas, podríamos decir casi antitéticas. O se defiende la Nación como construcción política independiente, o se defiende el estatus colonial de un territorio o de un pueblo. Sin embargo, desde que el colonialismo se ha transformado en colonialidad, estas cosas pueden suceder.

Ya empezó con las palabras difíciles, protesta el lector de todos los lunes. Es para confundir, dice su amiga con la que no se conocen, pero se sienten fuertemente unidos por el rechazo a la Página y media. Yo creo que lo hace para disimular que es un ignorante, precisa aquel su primera opinión. ¿Sabe que tiene razón? Y nos quiere hacer sentir ignorantes a nosotros usando palabras que no conocemos. Y que ni siquiera están en el diccionario.

Bueno, seamos honestos, colonialismo sí está. La RAE lo define como “Régimen político y económico en el que un Estado controla y explota un territorio ajeno al suyo”. Colonialidad, es cierto, no figura aún, pero se usa para señalar los casos donde el territorio otrora colonial ya no responde políticamente a una metrópoli, pero sus destinos siguen atados a la influencia de alguna potencia extranjera a través de mecanismos económicos, militares y culturales.

Claro que a las colonias no sólo había que dominarlas, sino también defenderlas de otros imperios colonialistas que podían intentar ocuparlas. Desde el siglo XVI en adelante fueron habituales los litigios entre España, Inglaterra, Portugal o Francia por el control de determinados territorios.

Esa disputa entre imperios no ha terminado, sólo que ahora, en la era de la colonialidad, adopta formas más sutiles. Por ejemplo, Inglaterra usurpa desde 1833 las Islas Malvinas y nunca ha cumplido las resoluciones de la ONU que la instan a iniciar conversaciones con Argentina con vistas a la descolonización de ese territorio. Hoy, a la ubicación estratégica de esas islas en el Atlántico sur se le suma la posibilidad de explotar la riqueza petrolífera en sus adyacencias.

No es de extrañar, entonces, que EE.UU., país casi sin reservas petrolíferas propias y con crecientes dificultades para acceder al petróleo en Medio Oriente, comience a posar sus ojos en esas riquezas. Desempolva la Doctrina Monroe y reclama “América para los americanos”, y le dice a Inglaterra que no se podrá quedar con las Malvinas para siempre.

¿Entonces qué ocurre? Trump llama al presidente de la Argentina, súbdito confeso de los EE.UU., y éste, inflamado de un repentino ataque de nacionalismo, pasa a reclamar inmediatamente por la soberanía argentina sobre las islas.

Su grupo político cree que esta novedosa actitud, aprovechando el sentimiento generalizado del pueblo argentino respecto a esas islas, ayudará a un mejor posicionamiento de Milei ante las elecciones del próximo año ya que, en orden a mejoría de las condiciones de vida de la sociedad durante su mandato, tiene poco y nada que mostrar.

No es una apuesta muy original: en 1982 el dictador Galtieri también pensó que explotar ese sentimiento le iba a permitir perdurar en el poder y se lanzó a recuperarlas militarmente. Los resultados son por todos conocidos: esa estrategia sólo aceleró su caída.

Pero el nacionalismo colonial algo tiene que aprender de la época en que los imperios se disputaban los territorios abiertamente. Pocos años antes de ocupar las Malvinas desalojando a las autoridades argentinas, la flota inglesa intentó por dos veces capturar la ciudad de Buenos  Aires. Ante esos intentos, la autoridad colonial –el Virrey Sobremonte– en lugar de organizar la defensa del territorio, huyó sin más tardanza lo más lejos posible, que en esa época era la ciudad de Córdoba.

La historia tiene sus recovecos. Unos ingleses nos ayudaron a librarnos de Sobremonte, otros ingleses, de Galtieri. Esperemos esta vez poder librarnos de Milei nosotros solos.

Septiembre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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