El opio de los pueblos

Cuando Marx afirma que la religión es el opio del pueblo, los obreros y obreras, incluidos los niños y las niñas, trabajaban 18 horas por día por salarios miserables. La esperanza en una vida dichosa en el más allá ayudaba a soportar las condiciones inhumanas de la vida en el más acá.

Grupos de orientación anarquista y socialista también identificaban al alcohol como “el enemigo de la clase obrera”, ya que quitaba al obrero su dignidad, consumía su escaso salario y le impedía reflexionar sobre su situación de opresión y organizarse para superarla.

Pero a pesar de los intentos de las religiones y de los fabricantes de alcohol, los trabajadores fueron perfeccionando su organización y consiguiendo, paso a paso, mejorar sus condiciones de vida. Desde las ocho horas de trabajo –hoy en franco retroceso–, la organización sindical y las convenciones colectivas de trabajo, el llamado Estado de Bienestar hizo pensar –quizás en un exceso de confianza– en un capitalismo más humano.

Después de la Gran Guerra y de la Segunda Guerra Mundial, la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 parecía inaugurar un mundo de paz y de respeto. Hoy sabemos que no fue así: los poderosos del mundo siguen desatando guerras para obtener lo que consideran que necesitan y la condición de los trabajadores empeora día a día, haciendo aparecer modalidades de trabajo muy parecidas a las de la servidumbre y la esclavitud, expresamente prohibidas en aquella declaración.

Para hacer soportable esta situación, las religiones y el alcohol fueron reemplazados por los algoritmos, con una inmensa ventaja: éstos últimos siempre nos dicen aquello en lo que nosotros queremos creer. Un mundo artificial, como el de Matrix, rodea al mundo real de sufrimiento creciente para la mayor parte de la humanidad.

Hoy la inteligencia artificial, tecnología de reciente difusión, aparece como la principal sospechosa de estar arruinando nuestra vida. Los trabajadores denuncian cómo su difusión elimina puestos de trabajo de manera acelerada, las religiones denuncian sus riesgos éticos y genera preocupación generalizada su capacidad de desinformar a la sociedad de lo que ocurre haciendo imposible la democracia.

Comienzan a elevarse voces que, con buenos argumentos, piden por su regulación. Como siempre, el problema no es la tecnología, sino quiénes y cómo la usan. Pero parece difícil que una cultura basada en la propiedad privada, la competencia y la ley del más fuerte, pueda limitar un instrumento tan eficaz para garantizar, justamente, la pervivencia de esos valores.

Así que el problema parece ser un poco más profundo. No es posible pedir que el Estado se reduzca a su mínima expresión y solicitarle, simultáneamente, que controle la IA. No se puede defender la propiedad privada y, a la vez, quejarse de que la IA la manejen unos pocos. No se puede no condenar las guerras y pedir, al mismo tiempo, que no se utilice la IA como una tecnología de guerra.

Quizás es el momento de dejar de inventar enemigos imaginarios, como lo fue hasta hace poco el posmodernismo y actualmente el transhumanismo, corrientes heterodoxas que tratan de decir, a su manera, que los seres humanos deberíamos revisar algunas de nuestras creencias.

Quizás es el momento de volver a un Marx menos citado, aquel que afirma que “la religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el alma de unas condiciones sin alma”.

A menos que llegue pronto el hada protectora que salvó a Pinocho, ponerle corazón al mundo parece que depende de nosotros.

Octubre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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