Sigue llamando la atención cómo la ultraderecha, responsable de las mayores catástrofes del mundo contemporáneo, sigue con posibilidades de acceder a gobiernos nacionales a través del voto popular.
Trump en EE.UU., Kast en Chile, Fujimori en Perú, Noboa en Ecuador. El último caso que renueva esta rareza es el resultado de la primera vuelta en Brasil, donde el hijo de Bolsonaro obtiene una pequeña ventaja sobre Lula.
Desde la antropología, la sociología y las ciencias políticas se han producido valiosos trabajos que intentan explicar esta situación. Sin embargo, su incidencia en el debate público es escasa. Más bien toma fuerza la idea de que estaríamos asistiendo a una batalla cultural: nuestras sociedades estarían divididas entre personas solidarias y personas individualistas, entre personas empáticas y personas crueles, entre los que defienden valores humanos y los que participan de la idea del “sálvese quien pueda”.
Por ejemplo, en la Argentina, los votantes de Milei estarían de acuerdo en que las personas discapacitadas sean arrojadas al desamparo, que los ancianos vean reducir violentamente el poder adquisitivo de sus haberes jubilatorios o que la educación pública sea desfinanciada poniendo en riesgo su propia existencia. Los que luchan contra todas esas atrocidades son aquellos que están en la otra orilla: los solidarios, los empáticos, los que encarnan valores humanos.
En el caso de Brasil, los votantes de Bolsonaro estarían de acuerdo con que se vuelvan a desmantelar los programas sociales que, durante el gobierno de su padre, llevaron a Brasil a reingresar en la lista de países que sufrían hambre, situación remediada durante la última presidencia de Lula, tal como había ocurrido durante su primera presidencia.
Podríamos abundar en multitud de ejemplos que no podrían ser explicados a partir de esta idea de “batalla cultural”. Nuestras sociedades parecen compartir, todavía, unos valores bastante homogéneos. Entonces ¿cómo ocurren estas cosas?
Una filósofa alemana escribió en 1967 un artículo titulado Verdad y política. En el mismo consideraba que la democracia sólo es posible en tanto una sociedad cuente con hechos compartidos, a partir de los cuales se puedan proponer distintas soluciones, así éstas sean totalmente antagónicas. Cuando este patrimonio de hechos compartidos no exista, creía Hannah Arendt, la vida democrática dejará de ser una práctica que pueda aportar mejoras en la vida social.
Cuando en la Argentina, por ejemplo, se pone en tela de juicio la existencia de desaparecidos durante la última dictadura cívico militar, se socava esa base de hechos compartidos. No es que los votantes de la extrema derecha estén en contra del derecho a la vida, es que consideran que tal derecho no ha sido afectado. Otro ejemplo, si se considera que la existencia de la pobreza y la indigencia son el resultado de las políticas sociales, no significa que las personas que votan opciones de ultraderecha defiendan la pobreza y la indigencia, al contrario, quieren eliminar las causas que la originan.
Así, el fenómeno electoral de la ultraderecha no estaría reflejando tanto la existencia de distintas culturas, sino la existencia de personas que están mirando distintos mundos. Habrá que reconocer que los avances de las tecnologías de la comunicación –algoritmos, fake news, IA– han aportado fuertemente a la desaparición de los “hechos compartidos”.
Cómo reunificar el mundo, hoy por hoy, no sabemos cómo hacerlo. Pero dejar de pensar que mi vecino es un imbécil, puede ser un buen primer paso.
Octubre de 2026. emiliopauselli@gmail.com