Qué culpa tiene el tomate

Las personas que tengan más de cincuenta años recordarán que en nuestra infancia el aspecto y el sabor del tomate era notoriamente distinto al que exhibe ahora la misma fruta u hortaliza.

Ya empezamos mal, exclama la experta cocinera que lee todos los lunes la Página y media: si no sabemos si el tomate es una fruta o una hortaliza, ¿qué cosa concertada podremos decir de allí en adelante? Tiene usted razón, la apoya su amigo, y eso sin tener en cuenta que esta página se vende como una crítica a la cultura y termina hablando de verduras. Jaja, ríe la primera, esto sí que es tirar verdura. O mandar fruta, remata aquel.

Vamos por partes: el tomate es botánicamente una fruta y culinariamente una verdura u hortaliza. Qué le vamos a hacer, así hemos podido clasificar el mundo. Ya se intentó otras veces lograr que a cada palabra corresponda sólo una cosa de la realidad: no anduvo.

Volviendo a nuestro tema, hoy nos la vemos con un tomate de gusto indefinido, a veces inexistente. Su color rojo, en ocasiones, pertenece sólo a su cáscara y desaparece en cuanto lo abrimos o pelamos, dejándonos a la vista un fruto blanco como una papa.

Hace unos años un laboratorio anunció que había descubierto cuál era el gen del tomate que le daba gusto a tomate y que, al modificarlo, le habían quitado. Tanto trabajo para descubrir algo que el tomate ya sabía desde siempre.

Claro que esos cambios no se hacen porque los investigadores estén aburridos, sino para que el fruto retrase su maduración permaneciendo más tiempo en el circuito comercial, para que adquieran el tamaño que el mercado requiere o para que su aspecto sea atractivo en un escaparate.

Como se verá, ninguna de esas modificaciones busca mejorar la calidad alimenticia del producto, ni su sabor ni su sanidad: lo que buscan es ganar más dinero. No importa que el tomate ya no tenga gusto a tomate o que, hasta su característico color rojo, en muchos casos, se haya perdido; lo importante es que algo parecido que lleva el mismo nombre permita acrecentar las ganancias, el valor absoluto de la cultura en la que vivimos.

Lo mismo nos pasa con las frutillas, con las peras, con las manzanas, con los duraznos, y así de seguido. Estamos obligados a oler a fondo cada uno de esos productos para estar seguros de que no se trata de frutas de cera y, en ocasiones, nos quedamos con la duda porque aun la inspección más minuciosa no logra identificar su olor característico.

Claro que esto nos pasa sólo a los que ya tenemos algunos años: el niño que come este tomate o esta frutilla nunca sabrá cómo sabía aquella. No tiene la memoria gustativa que le permita comparar el uno con el otro. Pero, en fin, quizás le terminará pareciendo rico este tomate o esta frutilla y la nostalgia por aquellos sabores y olores terminará siendo una “cosa de viejos”.

¿Cómo evaluará ese niño o esa niña un mundo donde ya no se considere necesario respetar los derechos humanos o cuidar el planeta? ¿Sentirá extraño o normal el gusto de que cada vez que un poderoso quiere algo que tiene otro recurra a la guerra? ¿Le resultará habitual que se desechen a los viejos cuando ya dejen de ser apetecibles como productores y como consumidores? ¿Considerará razonable que aquellos que sufren alguna discapacidad no merezcan ninguna consideración por parte del resto de la sociedad? ¿Y que el que estudie sea sólo aquel que tiene dinero para hacerlo?

Pero, quizás coincidamos ahora hasta con nuestros lectores más críticos: nada de esto es culpa del tomate. A lo más, de aquel que lo metió en la lata.

Octubre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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