De vuelta a casa

Desde que el Homo sapiens ocupó todo el globo terráqueo hubo pocas oportunidades de instalarse en un territorio deshabitado. A veces la colaboración y otras el enfrentamiento permitió a los grupos humanos cambiar de sitio, y, frecuentemente, a unos imponerse sobre otros. La aparición en la antigüedad de imperios como el egipcio, el chino, el persa, el griego y el romano sistematizaron política, económica y militarmente esta práctica, donde un grupo domina a otros a través del control directo, de la creación de colonias o del cobro de tributos.

En la época moderna esa práctica fue expandida sobre todo por Inglaterra y España, dando lugar al denominado “sistema colonial”. La independencia política de la mayoría de esas colonias, ocurrida entre el siglo XIX y el siglo XX, modificó profundamente el ejercicio de los sistemas de dominación. Estados Unidos es, probablemente, el imperio que más desarrolló estos nuevos mecanismos.

En América Latina implementó distintos experimentos políticos. Los golpes de Estado militares fueron el principal dispositivo utilizado, durante décadas, para garantizar sus intereses. Cuando la expansión del movimiento por los derechos humanos, utilizados en un mundo bipolar para impugnar los sistemas políticos socialistas –en América Latina la OEA crea la Comisión Interamericana de Derechos Humanos como una respuesta ante el triunfo de la Revolución Cubana–, ya no pudo ignorar las sistemáticas violaciones a esos derechos que cometían los gobiernos dictatoriales, comienzan las llamadas “transiciones” a la democracia.

En este nuevo escenario, luego de algunos desajustes, los sistemas de dominio fueron desarrollando estrategias para influir en los procesos electorales, para controlar las cámaras legislativas surgidas de esos procesos y para garantizarse una justicia favorable ante cualquier inconveniente que, a pesar de lo anterior, se pudiera presentar.

Cuando Trump envía miles de millones de dólares a la Argentina para sostener una estabilidad económica ficticia y favorecer el triunfo electoral de Milei en las elecciones intermedias, sólo se está poniendo en marcha el mecanismo descripto. Lo mismo al apoyar con dinero e intervención tecnológica a otros candidatos de ultraderecha –casualmente todos pro norteamericanos– en distintos países de la región, como recientemente ocurrió en Brasil.

Las prácticas de los imperios no han variado mucho desde la antigüedad. Ahora se usa menos el control directo, es costoso y está mal visto. Mejor lograr que un nativo juegue ese papel. De esta manera se pueden tener colonias sin que se note tanto. Y sobre el pago de tributos, ese rol lo cumple hoy la deuda externa, donde son los países dominados los que transfieren dinero a los países dominantes.

La cultura del privilegio tiene profundas raíces en la experiencia humana, sólo que ahora ya no se basa en la primogenitura, el género o la sangre, sistemas que llegaron a repugnar a las sociedades, sino que esos mecanismos han sido reemplazados por la nobleza del dinero, el que puede comprar tecnologías de la comunicación, religiones, noticias falsas y políticos, todo lo que sirva para asegurar el dominio de los poderosos del mundo sobre el resto de la especie.

Claro que no siempre las cosas salen como se espera. Algunos se han sorprendido por la inesperada huida de Bolsonaro a Estados Unidos luego de perder las elecciones en Brasil, pero, si se lo piensa bien, qué mejor que volver a casa cuando no pudimos cumplir con la misión que el imperio nos había confiado.

Noviembre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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