Hace tiempo se ha instalado en la Argentina una categoría política-sociológica que explica, prácticamente, todas las conductas individuales y grupales, denominada “la brecha”.
La sociedad estaría dividida por una brecha que genera dos bandos prácticamente incomunicables. En algunas versiones “se nace” de uno u otro lado de la brecha. En otras versiones no tan estrictas habría a uno y otro lado de la brecha personas y grupos bastante homogéneos en sus creencias y sentimientos –unos buenos y otros malos, por supuesto, dependiendo de qué lado de la brecha se esté. Finalmente, también hay versiones que consideran que quizás la brecha se expresa sólo en algunos puntos de vista y sentimientos fundamentales pero que no abarcarían toda la riqueza de la vida humana, aunque, claro, se hace difícil imaginar una sociedad dividida por una brecha y una cantidad importantes de individuos que estén a uno y otro lado de la misma simultáneamente.
La evidencia empírica de esta categoría es difícil de hallar. Si recurriéramos a datos macro, como por ejemplo los resultados electorales de las últimas dos décadas, parecería que la sociedad se traslada de uno a otro lado de la brecha con bastante facilidad, lo que, entre paréntesis, hablaría bastante mal de la brecha. Si nos remitimos a percepciones de nivel micro, la heterogeneidad de lo que puede considerarse que está de uno u otro lado es impresionante, sería muy difícil hacer una lista completa de esas diferencias, muchas de ellas fundamentales.
Una de las consecuencias de aplicar esta categoría de análisis es que la sociedad queda dividida, efectivamente, en buenos y malos, esclarecidos y tontos, solidarios e individualistas, patriotas y traidores. De esta manera se simplifica toda asignación de responsabilidades por la deriva social de la Argentina: serán los ubicados del lado malo de la brecha los que darán sustento a gobiernos de derecha que estropeen, como lo hacen ahora, definitivamente el país.
Pero aun dejando de lado la realidad, siempre tan molesta, la adopción de esta categoría hace muy difícil sostener simultáneamente, por ejemplo, la categoría de “pueblo”. Claro que la categoría de pueblo no es transhistórica y se puede pensar que ya no es operante, pero hay que declararlo y fundamentarlo. También caen detrás de la instalación de “la brecha” categorías como “esclarecimiento”, “concientización”, “educación popular” y otras. ¿Que caigan estas categorías es pecado? Claro que no, sólo que hay que dar cuenta de otras formas de la acción política para la construcción de cualquier tipo de sociedad deseada.
Si la persona que aún apoya al gobierno de Macri lo hace porque está del otro lado de la brecha, ¿para qué voy a perder tiempo en informarle la corrupción inaudita de la actual gestión o los condicionamientos del endeudamiento externo; o explicarle la falta de ética que representa desproteger a los ancianos, lo gravoso de deteriorar aún más la educación pública o la indefensión del trabajo argentino con la importación masiva de productos?
Y si no nos interesa ni la realidad ni la teoría y consideramos que la política sólo tiene una dimensión “pragmática”, ¿no nos hace reflexionar que un grupo político, cultor de la categoría de “la brecha”, después de gobernar durante 12 años y aportar cosas valiosas a la sociedad, no haya logrado –para gran sufrimiento de todo el pueblo argentino– obtener la mayoría electoral, aunque es cierto que por muy poco?
Pero, nos dice nuestro interlocutor, eso ocurrió porque los grandes medios de comunicación engañaron a una parte de la sociedad. Aun dando por bueno ese argumento, si hay engaño, no hay brecha. Los engañados estarían del lado bueno de la brecha, sólo que no lo saben.
No, nos dice otro, es que mejoró tanto la situación económica durante el anterior gobierno que mucha gente comenzó a ser clase media y se pasó del otro lado de la brecha. El viejo homo œconomicus de los padres del capitalismo o el más nuevo del marxismo: las personas piensan con el bolsillo; no tiene creencias ni valores ni tradiciones. Por este camino, el pueblo tampoco existe. Si este principio fuera cierto, sólo con la inflación y los aumentos de tarifas el actual gobierno ya hubiera volado por los aires: por mucho menos De La Rua tuvo que escapar en helicóptero.
En fin, para pensar ¿no? Quizás tendremos que aprender a diferenciar entre la corrección de las creencias que tenemos las personas y lo que hacemos luego con ellas; pero ya será otra vez, se nos acabó la página y media.
Página y media – Nota escrita en Abril de 2018