Se ha transformado en un lugar común decir que el sistema previsional “está quebrado”. Con esta expresión se quiere dar a entender que ya no es posible sostener los ingresos de pensionados y jubilados, o sea, ya la sociedad no puede hacerse cargo de los viejos y viejas que han dado todo y sus fuerzas escasas ya no le permiten ser “competitivos” en el mercado. “Cuando te larguen parao, después de cinchar, lo mismo que a mí”, dirá Discépolo premonitoriamente.
Esta “quebradura” significa, llanamente, que en el sistema entra menos dinero que el que sale. Una de las primeras recomendaciones de los organismos financieros internacionales a países como los nuestros es “reformar el sistema previsional” para “equilibrar las cuentas fiscales”. Entonces, va de suyo, que hay que hacer algo: pagar menos a los jubilados, violar los derechos de los pensionados, aumentar la edad jubilatoria o, con sinceridad brutal, dejar atrás el “sistema de reparto” y que los ingresos en la vejez pase a ser un problema de cada cual: el que lo logre lo logre, y el que no, ¡qué pena!
El sistema jubilatorio de reparto es la principal expresión de economía solidaria construida en la Argentina. Nacido en una sociedad de pleno empleo, al sueño anarquista de Flora Tristán –los obreros con sus aportes iban a terminar comprando todas las empresas de Francia– se sumó la creación de los aportes patronales: los que construían sus ganancias a partir del trabajo ajeno debían aportar para que esas personas tuvieran ingresos en su vejez, cuando ya no fueran productivas para el capital.
Lo que se quebró fue justamente la sociedad de pleno empleo. La desaparición acelerada de puestos de trabajo a manos de la tecnología y su reemplazo por actividades precarias de escaso aporte de valor ha puesto en entredicho ese sistema solidario construido por la sociedad. Lo que ocurre en el sistema previsional es un reflejo de ese proceso cultural, no su causa.
La fantasía de evaluar la situación del mercado de trabajo a partir del índice de desempleo es una ingenuidad. Mientras actualmente ese índice ronda el 9 % en Argentina, la real presión sobre el mercado de trabajo abarca al 33 % de la población económicamente activa (PEA). Desempleados, subocupados y personas con trabajo precario en búsqueda de otro empleo conforman un grupo de tres millones y medio de compatriotas que lo están pasando realmente mal.
La relación entre trabajadores activos –aportantes– y trabajadores pasivos –jubilados– se ha venido modificando producto de tres causas: a) la ya mencionada desaparición de puestos de trabajo por aplicación de tecnología, b) la extensión de la expectativa de vida de los seres humanos y c) la tolerancia con el trabajo ilegal –en negro– que no realiza su aporte solidario al conjunto social –los llamados eufemísticamente por la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) “trabajadores sin aportes jubilatorios” que constituyen un tercio del total.
Resumiendo, lo que se llama “quiebra del sistema previsional” es sólo una expresión más de la pérdida de eficiencia del trabajo como redistribuidor de recursos. Toda solución que se enfoque en esa “quiebra” será como enyesar el brazo después de romperse una pierna. Cuando se habla de extender la edad jubilatoria se le está diciendo a los jóvenes que deberán esperar más años aún para ingresar al mercado de trabajo, cuando a las jubilaciones y pensiones se les deja de llamar derechos y se los comienza a denominar beneficios se está preparando un fraude legal de proporciones, cuando se piensa en terminar con la solidaridad como sistema de convivencia social se está llevando a la sociedad al borde del abismo.
Las jubilaciones se solventan en el mundo con tres fuentes de ingresos: aportes de los trabajadores, aportes patronales y aportes presupuestarios que realiza el Estado. Una cultura donde disminuyen los puestos de trabajo y una sociedad que permite el trabajo en negro a gran escala sólo puede equilibrar el sistema previsional aumentando los aportes presupuestarios.
Y eso está muy bien. Como está muy bien que haya hospitales que garanticen la salud pública, como está muy bien que haya escuelas públicas que garanticen la educación de todos, también está muy bien que nos hagamos cargo de nuestros viejitos y viejitas.
No es una discusión de medios, es una discusión de fines. ¿Es deseable una cultura donde al final de la vida te espera la precariedad y la indigencia?
Febrero, 2020