Han entrado en crisis, ya hace décadas, las diversas teorías del progreso. El hombre racional, reintroducido como centro del universo, no ha podido ser mucho más eficiente que Dios en esa función.
¿De qué sirven todos los adelantos, las ciencias, las técnicas, la incalculable cantidad de objetos que se producen diariamente, si millones de seres humanos pobres viven peor que las mascotas de las personas ricas? ¿De qué sirve producir millones de toneladas de alimentos si los que tienen hambre no pueden acceder a ellos? ¿De qué sirven los medicamentos más sofisticados si las personas mueren por no poder comprarlos?
Vamos a decir, en disculpa de los economistas, que no es un problema de la economía, sino de la cultura, entendida ésta como el conjunto de recursos con que cuenta una colectividad humana para reproducir la vida. Nuestra cultura ya no es eficaz en orden a ese cometido.
¿Y cómo queda oculta esa ineficacia? ¿Por qué, ante las señales evidentes del deterioro de la vida social y de la salud del planeta –nuestra única casa–, se sigue insistiendo en repetir las mismas estrategias de los últimos doscientos años? ¿Por qué no se dice de una vez que la cultura basada en el valor –llamada habitualmente Capitalismo– lo único que puede ofrecer para el futuro de la humanidad es dolor y degradación?
Porque se ha instalado una manera de hacer y comprender el mundo que evita, de todas las maneras posibles, enfrentar ese ocaso cultural y ensayar alternativas. En el siglo XIX y parte del XX tuvieron vigor teorías que eximían al hombre de preocuparse por su futuro, había algo extrínseco a él que se encargaría de llevarlo hacia el porvenir de manera satisfactoria. El desarrollo del Espíritu en Hegel o de las Fuerzas Productivas en Marx, por ejemplo, con su despliegue, iban a producir el mejor de los mundos posibles.
Cuando tales creencias fueron pisoteadas –entre otros depredadores– por la segunda guerra llamada mundial, por el neocolonialismo y por la caída del muro de Berlín, esas teorías cuasi religiosas encontraron versiones más laicas: para vivir mejor hay que modificar la relación de los hombres con las cosas.
Que el mundo se cambia modificando la relación de los hombres con las cosas tiene distintas interpretaciones. Enumeraremos algunas:
Versión uno. Se la llama neoliberal, aunque muchas veces haga cosas que de liberales no tienen nada. Propone que un futuro mejor depende de cambiar la relación con el dinero. Se trata de favorecer las inversiones y la llegada de capitales garantizando un sistema de “libre mercado” que producirá tanta riqueza que se derramará sobre toda la sociedad. Que eso derive habitualmente, por el contrario, en el crecimiento de la pobreza, no tiene ninguna importancia. Cuando tengan la oportunidad de volver a ser gobierno, intentarán la misma receta.
Versión dos. Algunos la llaman neokeynesiana. Se trata de fomentar el consumo para generar trabajo “genuino”. No importa que la tecnología haya reemplazado el trabajo humano en gran escala y que el salario, por lo tanto, haya perdido eficiencia como redistribuidor de ingresos. Tampoco importa que los resultados de esa incomprensión hayan sido los Trump, los Bolsonaro, los Duke o los Macri. La mayor capacidad de compra de los consumidores individuales redimiría al sistema.
Versión tres. La solución tecnológica. El sistema de ciencia y técnica resolverá los problemas de la humanidad aumentando la productividad para que haya bienes y servicios para todos. Todos debemos saber computación e inglés para repartir pizzas en el futuro.
Versión cuatro. La solución ecológica. Hay que cambiar la relación del hombre con la naturaleza. Agroquímicos, envenenamiento global, productos transgénicos, son los nuevos enemigos a derrotar.
Versión cinco. La solución administrativa, quizás la más ingenua. El control obrero de la producción salvará al capitalismo. Fábrica recuperada: el problema no es el capitalismo sino el capitalista.
Agregue sus propias versiones, pero ya sabe la regla: lo que hay que cambiar es la relación de los hombres con las cosas, no de los hombres con los hombres. Ésta última sería natural e inmutable, al menos desde Darwin y Adam Smith.
Marzo, 2020