Dios intentó varias veces remediar los evidentes problemas de la Creación aunque, a decir verdad, con poca eficacia.
Primero pensó en una solución general, conocida en la historia bíblica como Diluvio Universal. La idea era exterminar a la humanidad, que tan defectuosa había resultado, a excepción de un varón justo –porque en esa época las mujeres no podían serlo– que junto a su familia repoblaría la tierra.
Dejando de lado la preferencia incestuosa del creador desde la época de Adán y Eva, la realidad es que, cuando vio a Noé desnudo y borracho y a su hijo copulando con su madre, comprendió que el intento había fracasado.
Si no funcionó la solución general, probaría entonces con soluciones particulares, con la esperanza de que servirían de ejemplo al resto de los humanos. Pero, la verdad es que el aniquilamiento de la siempre creativa Sodoma y su ciudad hermana Gomorra tampoco produjo el efecto deseado.
Se tomó algún tiempo para reflexionar sobre esos fracasos y cambió radicalmente de estrategia: envió a su propio hijo para que explique en qué consistía el sentido de la creación y las obligaciones que ésta implicaba para los seres humanos.
Dejando de lado el gusto de esa época por crucificar a las personas, como en otras épocas fue quemarlas en la hoguera o ahora dejarlas vivir en la pobreza extrema durante toda su vida, la verdad es que los efectos del envío de ese embajador divino no fueron los esperados. Como ejemplo, sólo basta reparar en la cantidad de guerras que se hicieron en su nombre. Algún analista agudo explicó que no esperemos paz ni bondad en la vida terrenal, la cual ya está definitivamente estropeada, y hagamos méritos para el día que lleguemos a la Ciudad de Dios.
Pero Dios no se conformó con tan pesimista conclusión. Dos mil años de nuevas reflexiones unidas a una observación cuidadosa sobre cómo vivía ese ser creado a su imagen y semejanza, lo llevó a un nuevo intento.
En este caso no se llama Diluvio Universal, ni Sodoma y Gomorra, ni la Redención a través de Cristo. Esta vez se llama… coronavirus.
Pero no se apresuren a sacar conclusiones. Esta nueva estrategia está muy lejos de constituir un intento de exterminar a la humanidad. De hecho, se trata de un virus quizás un poco más letal que el de la gripe común pero definitivamente menos mortal que el del sarampión, por ejemplo.
La estrategia es mucho más sofisticada y hasta ahora va resultando. Primero, la OMS declaró la pandemia. Segundo, se comenzaron a suspender los vuelos evitando así que los seres humanos anden como bola sin manija de un lado para el otro del planeta. Tercero, se comienza a recomendar no salir de la propia casa salvo en casos de extrema necesidad. Cuarto, se suspende la temporada de la NBA, la Copa Libertadores y las eliminatorias para el próximo mundial de fútbol. Quinto, se cancelan las distintas maneras de divertir colectivamente a los seres humanos: el viejo Pan y Circo.
¿Qué espera Dios que ocurra? Muy sencillo, espera que cada persona, en algún momento de estos días, y ante la imposibilidad de seguir aturdiéndose con diversas maneras triviales de consumo, se haga la pregunta: ¿qué hago yo en este planeta? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Qué debería hacer para honrar la existencia que tan impensadamente he recibido?
Pero no todas las señales son alentadoras. Algunos homínidos, lejos de preocuparse por el prójimo, se dedican a acaparar aquello que creen puede escasear, como el papel higiénico. Otros aprovechan la oportunidad para obtener pingües ganancias multiplicando hasta el infinito el precio de los barbijos y del alcohol en gel. Los más solidarios han habilitado el acceso gratuito a canales de pornografía para entretenimiento de las personas en cuarentena. Políticos inescrupulosos aprovechan para echarle la culpa de la pandemia a los gobernantes de turno, esperando que eso los favorezca para poder luego reemplazarlos.
Quizás el creador subestimó la cantidad de sustitutos que los seres humanos hemos inventado para no tener que pensar.
O quizás sólo se trate de una nueva oportunidad desperdiciada para hacer brillar esa pequeña partícula de Dios que todos llevamos dentro.
Marzo, 2020