Ahora sí ¡Viva el Estado!

“Cada cosa sirve para cada cosa”, decía un carpintero a su novel ayudante, que así aprendía que no se puede cortar una madera con una garlopa ni lijar una superficie con un serrucho.

Venimos de años donde, frenéticamente, se ha criticado el papel de los Estados nacionales. Éstos son considerados ineficientes económicamente, malos administradores, intervencionistas sin sentido, distorsionadores del libre juego del mercado, origen, en fin, de todas las lacras que acompañan a las sociedades modernas. En la Argentina de los años 90 del siglo pasado se había acuñado una frase para resumir estas creencias: “Achicar el Estado es agrandar la Nación”.

Pero, en los momentos de crisis, esa creencia se revela como infundada. En el 2008 fueron los Estados los que invirtieron ingentes recursos para salvar el sistema bancario de la quiebra financiera generalizada a la que habían llegado por su propia irresponsabilidad.

Allí nadie habló de intervencionismo y, poco tiempo después, las propias instituciones financieras salvadas con recursos de toda la sociedad volvieron a dominar la vida en el planeta. Las consultoras de riesgo, que nada pudieron anticipar de esa crisis, volvieron a calificar a países como seguros o inseguros, viables o no viables, con una autoridad que carece de todo fundamento.

Hoy que una pandemia recorre el planeta se vuelve a actualizar el papel imprescindible del Estado en la vida moderna. Hasta los más conspicuos líderes “libremercadistas” tuvieron que tomar medidas extremas, a veces luego de burlarse de la situación, ante el descontrol sanitario que comenzó a invadir sus países.

Ante la crisis sanitaria se clama por más y más Estado. Se evalúa si las medidas tomadas son correctas o incorrectas, suficientes o insuficientes. Se comunican los Estados entre sí para intercambiar experiencias sobre el control del virus. Se trabaja contra reloj para obtener en el futuro una vacuna que nos proteja.

¿Cómo sería esta situación en términos de mercado? Probablemente aumentarían los precios de todos los elementos de protección de la salud, se prestarían servicios médicos sólo a quienes pudieran pagarlos, se contagiarían cientos de millones de personas en todo el planeta y morirían algunos millones, se establecerían barrios privados con ejércitos propios para protegerse del contagio, en fin, aumentarían las ganancias y disminuirían las personas.

Coincide esta distopía con algún tipo de naturalismo darwiniano que considera a la pandemia como un mecanismo por el cual la naturaleza busca alcanzar un nuevo equilibrio. El resultado final es el mismo, un mundo con muchos seres humanos menos.

Menos estructurado, también este pensamiento se expresa en conductas individuales desaprensivas, como los pobladores que no cumplen con las cuarentenas indicadas por la autoridad sanitaria ya que ésta implicaría algún tipo de limitación para su “libertad” que no están dispuestos a aceptar.

Por eso, ahora que está en juego la vida, vuelve a hacerse evidente la necesidad del Estado, en tanto organizador de acciones colectivas que protejan a la especie humana. Eso claro que no significa que “el Estado lo hace todo” ni justifica ninguna clase de autoritarismo o actuación por fuera de la ley.

Pero es una buena oportunidad para incorporar esta experiencia a la memoria colectiva y no volver a aceptar el descrédito sistemático del Estado hecho en nombre de intereses particulares. Por el contrario, los países que han tenido gobiernos “prescindentes” cuya meta fue el “equilibrio fiscal” y por lo tanto redujeron la infraestructura de salud para “achicar los gastos”, hoy se las ven en figurillas para dar respuesta a esta pandemia. Dicho de otra manera, al igual que la garlopa y el serrucho, el mercado sirve para algunas cosas y no sirve para otras: por ejemplo, no sirve para cuidar la vida cuando ésta está amenazada.

A pesar de tener corona, el COVID19 es bastante democrático: contagia a todos. Cuidémonos y cuidemos a los demás para que pase haciendo el menor daño posible.

Marzo, 2020

emiliopauselli@gmail.com

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