El Papa siempre reza, podrá decir alguien, es parte de su trabajo. Sí, es cierto, pero un día lo hizo para todo el mundo, por todo el mundo, queriendo pensar en el mundo. Y pensó bien, ya que dijo “queremos vivir sanos en un mundo enfermo”, lo que, efectivamente, no parece muy posible.
Y la enumeración de las enfermedades del mundo fue correcta, aunque incompleta: guerras, hambre, destrucción de la naturaleza. En esas condiciones el desarrollo de la pandemia alcanza una proporción preocupante y a nadie escapa que su evolución está relacionada, de distintas maneras, a las condiciones actuales de nuestra cultura. El virus, viajando en avión, se diseminó por todo el mundo, un sistema de salud pensado para ganar dinero se las ve en figurillas para dar respuesta a una demanda masiva y las condiciones de aislamiento perjudica especialmente a los más pobres.
La Iglesia católica, a través de sus documentos, viene reflexionando sobre algunos de los problemas del mundo actual. En la exhortación apostólica Evangelii Gaudium ya se alerta contra el individualismo, el consumismo y el aislamiento de las conciencias. En la carta encíclica Laudato Si se pone en foco los daños que estamos causando a la naturaleza.
Lo que faltaría agregar es que, en este mundo necesitado de cambios urgentes, también es necesario que cambie la institución que el Papa encabeza. Es poco sostenible en el siglo XXI que se siga atribuyendo a la mujer “la entrada del pecado en el mundo”, mostrando una falta de imaginación increíble para reelaborar el mito de Adán, Eva y la serpiente.
La justificación de la sociedad patriarcal tiene uno de sus pilares fundamentales en las principales religiones del mundo: Yahvé es hombre, Al-lāh es hombre, Cristo es hombre. El terror a la vagina hace que la única mujer relevante en la doctrina se destaque, justamente, por ser virgen. Los propios ministros de la Iglesia deben comprometerse a nunca tener contacto sexual con una mujer, y la impureza de ésta es tan manifiesta que las funciones del culto le están vedadas: las mujeres no pueden ser sacerdotes, ni obispos ni papas, aunque probablemente la inmensa mayoría de la feligresía católica esté compuesta por mujeres.
El otro gran aporte que la iglesia católica podría hacer al mundo actual es dejar de oponerse radicalmente a los métodos anticonceptivos de planificación familiar y a la educación sexual integral. Si pudiera hacer ese aporte dejarían de extenderse enfermedades como el sida, se reduciría a una mínima expresión la necesidad de realizar abortos que tanto le preocupa, disminuiría el flagelo social de los embarazos infanto-adolescentes y podría, efectivamente, pensarse en la sexualidad como parte de nuestro mundo espiritual, arrebatándola así del ámbito biológico y animal donde el mandato que ata sexualidad y reproducción la ha dejado estancada durante siglos.
En resumen, este mundo que el Papa con razón lamenta también está compuesto por estos ingredientes. No es solo capitalismo, pobreza y destrucción de la naturaleza. También es discriminación, misoginia y represión sexual. Esto también puede ser atribuido, para decirlo con las palabras de Francisco, a “la violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado”.
Para estas epidemias no es tan fácil encontrar vacunas. Sería bueno que personalidades como el Papa, además de orar y aconsejar, pusieran manos a la obra en aquello que está a su alcance para mejorar el mundo.
Abril, 2020