En el medio de la pandemia del COVID19 se ha hecho un lugar común hablar de que hay que optar por defender la economía o defender la vida. Por un lado, los epidemiólogos recomiendan cuarentena y aislamiento social como la estrategia más efectiva para controlar el contagio y las muertes. Por el otro, la mayoría de las personas enfrentan una situación difícil por la imposibilidad de hacer aquello que habitualmente hacían para obtener dinero.
El coronavirus aparece, así, como la causa de los problemas de la economía mundial, aunque esta viene, de manera inocultable, al borde del colapso desde hace varios años. Es como un enfermo terminal de cáncer que tiene un accidente automovilístico. ¿Usted cree que será de mucha ayuda que no muera como resultado de las heridas recibidas?
Pero, se argumentará, ninguna sociedad puede sobrevivir si no se producen los bienes necesarios para satisfacer sus demandas. ¡Qué argumento tan cándido!, como el que Perogrullo le enseñaba al Cándido de Voltaire.
En primer lugar, sería necesario formular al menos tres preguntas. La primera: ¿cuáles son los bienes necesarios? La segunda, ¿qué relación hay entre los bienes necesarios y las demandas? La tercera, ¿quiénes producen esos bienes necesarios?
Empezando por la última, en Argentina toda la producción de la industria manufacturera la realiza el 12 % de las personas que trabajan. El mismo porcentaje es el que se ocupa en actividades financieras y servicios empresariales. O sea, nuestra sociedad destina la misma cantidad de personas para producir bienes que para administrar dinero. Algo nos está diciendo esta comparación, ¿no es cierto? Si levantáramos la cuarentena de ese 12 %, y en gran medida ya se está haciendo, los bienes disponibles no variarían sensiblemente. Lo que la pandemia no permite son las actividades, de escasísimo valor agregado, que millones de personas llevan a cabo diariamente en comercio y servicios, para obtener un ingreso que no les alcanza para superar la línea de pobreza.
Vamos a señalar dos aspectos de la enfermedad terminal de la economía que, efectivamente, no tienen nada que ver con el COVID19. El primer aspecto es el acelerado reemplazo de trabajadores humanos por aplicación de tecnología. Este rumbo es indetenible ya que constituye el corazón de la competitividad: mayor robotización, más aplicación de cibernética a la producción y a los servicios, constituyen la posibilidad de mantenerse en un mercado cada vez más reducido.
¿Por qué cada vez más reducido? Por la misma dinámica que, al eliminar trabajadores, elimina consumidores. En paralelo al reemplazo de trabajadores por máquinas, el salario pierde eficiencia como distribuidor de renta. La excitación del consumo sofisticado, desenfrenado e innecesario obedece a la necesidad de mantener en marcha una maquinaria que destruye la vida natural y social del planeta, ya que su propia lógica impide a millones de seres humanos acceder a los bienes que genera.
El segundo síntoma tiene que ver con la relación entre la riqueza y el dinero. Para que el dinero crezca, la riqueza debe ser destruida. Para que la riqueza aumente, el dinero debe ser limitado. Un ejemplo: la educación pública de calidad es una riqueza, pero solo produce “gastos”. Por el contrario, si esta riqueza merma se crea un mercado para la educación privada que entonces sí puede producir dinero. Extienda este ejemplo a la salud, al medioambiente, a los costos sociales encubiertos y verá que riqueza y dinero tienen una relación inversamente proporcional.
Las organizaciones económicas van a salir de la pandemia más tecnificadas, con menos trabajadores humanos y, por lo tanto, más inmunes a los virus. Aumentará el teletrabajo y a la par la precariedad laboral. No es un acto de maldad, son las reglas de un modelo civilizatorio.
Nuestra cultura no se esmera por producir “los bienes necesarios”, como decía nuestro Cándido, solo trata de producir muchas, muchas, muchas baratijas para seguir enriqueciendo a los que ya son inmensamente ricos.
Claro que la tecnología es algo maravilloso, ya que por primera vez la especie humana podría liberarse del yugo de la necesidad y soñar con un grado de libertad que hasta ahora no ha experimentado. El coronavirus no tiene nada que ver en esa historia, solo puede ser usado de chivo expiatorio para disimular el cáncer terminal que nos aqueja.
Abril, 2020