¡Viva la libertad!

Por estos días, con ocasión de las restricciones impuestas con motivo de la pandemia COVID-19, se ha hecho una cuestión sobre el tema de la libertad. Libertad de circular, libertad de trabajar, libertad de no usar barbijo y, en aquellos casos extremos, libertad de contagiar y de ser contagiados.

Sobre la pertinencia del aislamiento social y otras medidas sugeridas mayoritariamente por los epidemiólogos de todo el mundo no tenemos opinión; confiamos en que sean útiles, aunque los mismos epidemiólogos nos dicen que están aprendiendo diariamente sobre cómo se comporta el virus. Y que esa opinión hoy sea mayoritaria no quiere decir que sea verdadera. Otras teorías, como generar la inmunidad del rebaño, hoy son descartadas, pero no hay ninguna razón por la cual podamos estar absolutamente seguros de que estén equivocadas, aunque hoy nos lo parezca.

Lo interesante es que la libertad no tiene que ver con la verdad, sino con la vida en sociedad. Y la vida en sociedad tiene que ver, a su vez, con las normas que nos damos los seres humanos para convivir. ¿Por qué no tengo la libertad de matar? Claramente, es un recorte impresionante a mi libertad, pero en general es aceptado. Lo mismo que el no robar o el no discriminar.

Entonces, la pregunta es: ¿por qué aceptamos esas normas que recortan brutalmente nuestra libertad? La prueba de que las aceptamos es que nos parece bien que los asesinos o los violadores estén en las cárceles, por ejemplo, y no circulando libremente en nuestra comunidad. Y la respuesta a por qué las aceptamos es porque imaginamos que de esa manera nuestra sociedad será más segura y nuestra vida más feliz.

Los recortes que aceptamos a nuestra libertad lo hacemos porque nos parece conveniente, no porque nos parezca verdadero. Algunas legislaciones consideran conveniente que ante ciertos delitos se aplique la pena de muerte, lo que muestra que no siempre consideramos que matar sea malo. No hay verdad o falsedad en la vida y la muerte, sólo hay consecuencias, como en las guerras o los genocidios.

Hechas estas aclaraciones, el tema de si las medidas que controlan la circulación de los cuerpos con motivo de la pandemia afectan o no la libertad humana, no la pueden dirimir los epidemiólogos ni los científicos. La razón por la que hay que respetar las restricciones no es por alguna verdad médica o biológica, sino porque es una decisión de la sociedad que, en términos generales, es tomada por aquellas autoridades que la misma sociedad ha elegido para hacerse cargo de los asuntos comunes que no puede resolver cada uno por su cuenta. Así que la corrección de la decisión tiene que ver con que se respete el marco normativo que habilita a ciertas instancias a tomar esas decisiones.

Tengo tanto derecho a oponerme a las restricciones que genera la pandemia como a oponerme a la propiedad privada o a la libertad de expresión, a la escolaridad obligatoria o a la prohibición de la esclavitud. Lo que no puedo es atentar contra los bienes de otro o impedirle a alguien que exprese su opinión; tampoco puedo prohibir que los niños aprendan a leer y escribir ni esclavizar a otras personas. Todas esas libertades las resignamos por conveniencia.

Como las normas que tenemos no son verdaderas, también podemos cambiarlas cuando dejan de ser convenientes, aunque eso no sea nada sencillo. Muchas de las normas vigentes garantizan privilegios de sectores poderosos de la sociedad que cuentan con los medios para influir en los legisladores, presionar a los gobernantes y negociar con el sistema judicial para que la justicia no se interponga en la buena marcha de las leyes. Pero, aunque sea difícil, es la manera que hemos encontrado hasta ahora para buscar el equilibrio entre nuestros derechos y los de los demás.

En la Grecia clásica se utilizaba la misma palabra para decir norma y para decir costumbre, nomos, lo que nos ha llevado a creer que su idea de justicia se resumía en el principio de que todo lo que no estaba permitido, estaba prohibido. Sócrates bebe la cicuta por haber enseñado a creer en divinidades distintas a las permitidas.

Las sociedades modernas consideran un avance haber separado las costumbres de las leyes, por lo que nuestra idea de justicia funciona sobre la base del principio de que todo lo que no está prohibido está permitido, así las costumbres se opongan a ello. Puede ser costumbre que los policías blancos, en algunos lugares de Estados Unidos, abusen de ciudadanos afroamericanos hasta provocarles la muerte, como en el caso de George Floyd, pero eso no lo hace legal.

¿Hubiera sido legal en otro contexto? Por supuesto: los dueños de los esclavos tenían poder para decidir sobre su vida y su muerte. Pero eso ha dejado de ser legal y la libertad del señor Floyd estaba protegida por la prohibición de la esclavitud, y el policía que lo mató cometió un delito.

Porque, aunque les parezca increíble a estos creyentes de que la libertad es hacer lo que quiero ignorando las leyes de la sociedad, la libertad se define a partir de la prohibición. Si yo no sé lo que está prohibido, no puedo saber para qué cosas soy libre. Y si no hubiera nada prohibido no sería más libre, sólo sería un animal.

Ayer podía circular, participar de reuniones y salir de mi casa cuando y como yo quería; ayer podía matar a Floyd. Hoy no lo puedo hacer porque la sociedad decidió, a través de sus representantes, que es conveniente el aislamiento social para enfrentar la pandemia; si no lo cumplo, estoy cometiendo un delito.

No está en juego la libertad, está en juego la vida. Parece un buen motivo para resignar algunas libertades temporalmente.

Junio 2020

emiliopauselli@gmail.com

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