Cuando el paraíso es el infierno

Agobiados por la pandemia del COVID-19 todos ansiamos regresar a la normalidad. Si alguien nos proveyera de una varita mágica no dudaríamos de volver a la situación prepandemia, donde éramos tan felices.

Tan felices como relataba la OIT en su informe sobre el 2019, donde nos anoticiaba que en el mundo había 188 millones de desempleados, 165 millones de subempleados y 119 millones de desanimados, o sea, que ya no buscan trabajo. En total, 472 millones de personas viviendo en condiciones precarias en un planeta tan repleto de bienes y servicios que no sabemos ya a quien vendérselos.

En una reacción infantil, como cuando se nos acaba el helado, lo que queremos es más helado. No nos detenemos en las causas por las que se nos acabó el helado; si es porque nos lo comimos o porque el heladero dejó de fabricarlo o porque no contamos con la energía suficiente para alimentar a los equipos de frío que lo hacen posible. Siempre suponemos que puede haber más helado.

Pero el trabajo no es helado y las crecientes dificultades para acceder a él se deben a un cambio profundo en la cultura que, a partir del desarrollo de la tecnología, ha multiplicado de tal manera la productividad del trabajo humano que cada vez se generan más bienes con menos personas comprometidas en su producción.

Antes de estos cambios, durante los dos siglos anteriores por lo menos, el salario fue un distribuidor de ingresos que alcanzó una relativa eficacia, sobre todo a partir de la organización de los trabajadores y la constitución de derechos que regularon tanto su ejercicio como su remuneración.

Ese mundo se acabó. Si bien la cultura del valor siempre se basó en una dinámica que ponía ganancias y salarios en relación inversa, esa disputa se resolvía a partir de acuerdos entre patrones y asalariados, obtenidos ya sea a través de negociaciones paritarias, de huelgas o de enfrentamientos políticos. La necesariedad de la llamada “mano de obra” o “recurso humano” constituía ese escenario inevitable.

Pero ese escenario cambió. El trabajo, tal como está codificado en nuestra cultura, cada vez requiere de menos trabajadores. Y eso no representa sólo un problema humanitario, ¿cómo vivirán las personas que por millones son cada vez menos necesarias en términos de lo que entendemos por trabajo?, sino que a su vez descalabra todo el sistema económico. Como dijera un dirigente sindical norteamericano, los robots que fabrican actualmente los automóviles no pagan cuota sindical, pero tampoco compran autos.

Y cuando hay escasez tenemos dos posibilidades: o matarnos con el prójimo a ver quién se queda con algo, o repartirlo. La primera opción es la que transitamos actualmente: para cada puesto de trabajo se presentan cientos de postulantes, organizamos actividades precarias para obtener algún ingreso, peleamos para obtener horas extras, embellecemos con el nombre de “economía social” a actividades económicas para pobres, en fin, múltiples estrategias.

Pero, de a poco, comienza a crecer la sospecha de que el cambio es irreversible y, si no queremos volver al canibalismo, habrá que encontrar alguna manera de repartir. Una de las expresiones de esta incipiente comprensión son las diversas propuestas de ingreso universal. Si bien atienden a la superficie del problema, como es la falta de dinero de aquellos que sufren la escasez de empleo, no todo lo valioso debe ser profundo. En ciertas condiciones, estas estrategias pueden acompañar positivamente un cambio cultural.

Pero, en verdad, lo que escasea no es el dinero: basta con leer los balances de las entidades financieras para darnos cuenta de ello. Lo que escasea es el empleo y, por lo tanto, la manera en que cientos de millones de personas accedían a alguna cantidad de dinero que les permitía, mejor o peor, atender a sus necesidades básicas.

Entonces, y usted ya se ha dado cuenta, de lo que se trata es de repartir el trabajo. Eso tiene una manera práctica y consiste en la reducción de la jornada de trabajo. Y no se desanime por la complejidad de la tarea, ¿cree que fue fácil conseguir la jornada de ocho horas?

La reducción de la jornada de trabajo no es un tema nuevo ni de origen “socialista”. Ya en 1933 el senado norteamericano aprobó la “enmienda Black” estableciendo la jornada laboral de 34 horas semanales, luego vetada por Roosevelt. Para la misma época, el filósofo y miembro del partido Laborista de Inglaterra, Bertrand Russell, expresaba que no era justo que alguien trabajara ocho horas mientras otros trabajaban cero.

Quizás es hora de plantearnos que, así como no se sale de un pozo cavando hacia abajo, tampoco se saldrá de la escasez de empleo trabajando más.

Agosto 2020

emiliopauselli@gmail.com

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