Hablando, la gente no se entiende

Días pasados escuché una entrevista que el humorista Coco Sily le hizo al presidente de la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes, Miguel Schiariti, con motivo de la suspensión de las exportaciones de ese producto decidida por el gobierno argentino.

Quizás porque el entrevistador no era un periodista económico o porque el entrevistado estaba dispuesto a defender con argumentos su oposición a aquella medida, se produjo un diálogo extenso donde ambos pudieron expresar sus puntos de vista. No fue un intercambio de improperios y descalificaciones, como cierto periodismo estimula en sus declarantes que, es preciso decirlo, muchas veces se prestan de buen grado a endemoniar al prójimo que no piensa como ellos. Es poco habitual que alguien diga “yo pienso diferente”; es mucho más corriente escuchar “él está equivocado”.

La posición de Coco Sily, que intentaba ponerse en lugar del consumidor y preguntar por las causas del permanente aumento del precio de la carne, derivó rápidamente en una defensa de la posición gubernamental. Mientras tanto Schiariti, que comenzó explicando algunas características de la cadena de valor de la carne, finalizó rápidamente en una posición contraria a la medida y a toda la gestión del gobierno en general.

El cierre de exportaciones como decisión para controlar los precios internos tiene innumerables antecedentes en nuestra historia. La primera vez que un gobierno apeló a esa medida fue en 1817, siete años después de la Revolución de Mayo y un año después de la declaración de la independencia. En esa oportunidad afectaba al trigo y a la harina y se adoptó para garantizar el abastecimiento de pan a la población de la época.

La otra medida de política económica que persigue el mismo fin –lograr que los beneficios obtenidos por la producción primaria no desajusten el sistema de precios internos– han sido las retenciones a las exportaciones. La primera vez que se aplicaron en el país fue en el año 1846 –cien años antes de la aparición del peronismo.

También desde el siglo XIX han existido voces que sostuvieron la idea de que toda regulación o imposición sobre el comercio exterior limita la creación de riqueza y, por consiguiente, es generadora de pobreza.

Como verán, nada nuevo bajo el sol. Posiblemente ninguno de los dos interlocutores tuviera tan claro que el tema que abordaban representa una línea que ha recorrido nuestra historia desde su nacimiento y sobre la cual distintos gobiernos han tratado de mantener un equilibrio situándose alternativamente a uno u otro lado de aquella.

Si bien la entrevista no arrojó muchas luces sobre la cuestión tratada ya que, en definitiva, concluyó con uno de los participantes expresando que consideraba justo que se pudiera comer carne más barata y el otro diciendo que el precio actual compensaba la inversión pasada y garantizaba la futura, sí constituyó una pieza notable en orden a comprender los fenómenos llamados “brechas” o “divisiones” que afectan ya no a la sociedad argentina –lamentamos informar que no somos tan originales– sino a muchas sociedades de las llamadas “Occidentales”.

Entrevistador y entrevistado, en muchos pasajes de su discurso, mezclaban afirmaciones razonablemente comprobables con otras a todas luces faltas de sustento. Lo que nos impresionó fue la capacidad de ambos para registrar correctamente las falsedades del discurso del otro sin poder incorporar aquellos aspectos razonables –por no decir verdaderos, que nos mete en otro tipo de líos– del interlocutor.

Creemos, y esto ya es especulación nuestra, que esa habilidad para comprender los aspectos falsos de las afirmaciones ajenas ha de generar, en cada uno, la absoluta certeza de que todo lo que dice el otro es falso y, por extensión, quizás con pequeñas correcciones para no pecar de soberbia, todo lo que cree uno es verdadero.

Pero, además, este mecanismo de “no te creo, sí me creo” hace absolutamente imposible debatir sobre el problema, del que el precio de la carne es sólo la parte más visible. Transformada una posición en “la buena” y la otra en “la mala”, nos eximimos de analizar la puja distributiva que acompaña la vida de toda sociedad y el debate sobre en qué aspectos un cierre de exportaciones va a contribuir a un mejor equilibrio entre inversión y consumo, cuáles serían medidas alternativas a aquella o qué otras disposiciones complementarias deberían acompañarla para lograr los fines deseados.

Esta comprobación que nos permitió el diálogo del Gran Coco con Don Schiariti es extensible a nuestras opiniones sobre la deuda externa, la democracia o el papel del papel higiénico en la felicidad personal.

Como ya señalara el historiador norteamericano Christopher Lasch, en la época actual nadie se toma el trabajo de leer a sus adversarios: sólo nos limitamos a consumir aquellas ideas con las que, de antemano, estamos de acuerdo.

¡Así nos va!

Mayo, 2021.

emiliopauselli@gmail.com

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