Los vientos de la guerra

Y una vez más… y van… muchos líderes del mundo comienzan a afirmar que una nueva guerra a escala global es inevitable. “Porque no vamos a permitir…”. “Porque la amenaza a la libertad…”. “Porque resulta inadmisible…”. “Porque las normas internacionales…”. El viejo y remanido recurso de echarle la culpa al otro para ir naturalizando las nuevas fechorías que se aprestan a cometer.

Ya no alcanzan las guerras locales para generar los negocios que la industria armamentista requiere. Rubro decisivo de la economía de la principal potencia mundial, la que acapara las tres cuartas partes del comercio mundial de armas, es una de las causas históricas del déficit del presupuesto de los EE.UU. quien, a través de los organismos multilaterales que controla, es tan celoso respecto al equilibrio fiscal en el resto de los países.

La irracionalidad del gasto en armamentos, que podría haber sido morigerada por la desaparición de un mundo bipolar, encontró nuevos justificativos en la “lucha contra el terrorismo”, en lo que cada uno interpreta como “la seguridad nacional” o “la defensa de nuestro estilo de vida”.

El intento de desatar una nueva guerra global, esperanzados en que la situación de Ucrania otorgue los justificativos necesarios para lograrlo, puede parecer –y ojalá así lo sea– sólo bravuconadas destinadas a consolidar los frentes internos de diversas alianzas. ¿Pero si no lo fuera? Estaríamos otra vez como humanidad al borde de una catástrofe planetaria que destruiría gran parte de los bienes generados por el trabajo humano y costaría nuevamente millones de vidas, todas ellas invaluables.

Parece demencial el intento por parte de la OTAN de instalar misiles en la frontera con Rusia, como así también la posible respuesta de aquella potencia de hacerlo en Venezuela o en Cuba. Quizás de la misma manera que se consideraba demencial que la Alemania nacionalsocialista invadiera Europa.

Y detrás siempre aparece la necesidad de más petróleo, de más gas o de otros recursos naturales a muy bajo precio, que puedan extender, así sea durante algunos años, una civilización que se hunde atada al peso ya insostenible de la competencia y del dinero, enfrentados definitivamente a la colaboración y a la riqueza.

Porque la idea de que el progreso esté asociado a la competencia y no a la colaboración entre los seres humanos se hace ya muy difícil de sostener: ni siquiera Darwin se atrevió a tanto. Y que la principal fuente de obtención de dinero sea el mismo dinero, ha separado definitivamente a éste de la riqueza: la riqueza no es cuánto dinero tengas para comprar sino con qué cosas cuentas para hacer mejor tu vida.

Nadie ha comido un guiso de celulares, se ha hecho la casa con un misil o ha educado a sus hijos con una marca de zapatillas. Sin embargo, millones de personas no saben que cenarán esta noche, no tienen un techo cierto que las cobije y a sus hijos no los espera una vacante en ninguna institución educativa.

Ya no alcanza con la obsolescencia programada para reanimar a una cultura acabada. Ahora se hace necesario una destrucción masiva a gran escala para que el viejo vuelva a revivir y, así sea por algún tiempo, pueda seguir respirando.

China, Rusia, aparecen para occidente como el elixir de la juventud, aquella masa de recursos que les proporcionaría una vida, aunque quizás breve, adicional. La independencia de Ucrania es la nueva Tierra Santa que justifica a los viejos cruzados, pero, como les sucedió a aquellos, quizás la resistencia que encuentren sea superior a la esperada.

Mientras, la vieja, hermosa y tonta Europa se ofrece nuevamente como campo de batalla. Quizás los millones de dólares que sus elites tienen depositados en bancos norteamericanos lo justifique. O quizás sea sólo la metástasis del cáncer que aqueja a los iniciadores del colonialismo, quienes siguen creyendo que han llevado “la civilización” a los territorios que expoliaron y donde exterminaron a la mayoría de su población.

Eso es lo que traen los vientos de la guerra: olores fétidos, de cosas viejas y podridas. Esperemos que algún resto de sensatez que le pueda quedar a la especie humana los disperse antes de que arrasen con los bienes, con los cuerpos y con las ilusiones.

Febrero de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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