Líbranos de las etiquetas. Amén.

Las etiquetas son cómodas, aunque peligrosas. Sirven para clasificar ciertos eventos o creencias de manera rápida y económica, pero no están exentas de llevarnos a la confusión. Ésta se produce por distintos motivos: a veces porque colocamos algo en el tarro equivocado, o, también, porque lo que suponemos que quiere decir esa etiqueta está bastante lejos de la realidad.

En una oportunidad eché una cucharadita de azúcar al té que me aprestaba a tomar. Como el efecto logrado había sido muy pobre, no dudé en echar una segunda. Luego de volver a revolver no sólo la infusión no se había endulzado, sino que, por el contrario, se había transformado en un líquido intomable. En ese momento me asaltó la sospecha de que quizás en esa azucarera no hubieran puesto azúcar. Efectivamente, al hacer una prueba directa llevando mi dedo meñique a la boca con una pizca del blanco elemento no quedó lugar a dudas: ¡se trataba de sal!

En otra ocasión, la directora de una escuela rural nos explicaba que la palabra aborigen quería decir “sin origen” ya que, argumentó, “a” era una partícula negativa. A esa profesional de la enseñanza no le pareció relevante investigar por qué sobraba una insignificante letra “b”, ya que, de haberlo hecho, hubiera descubierto que el prefijo que precedía a la palabra “origen” no era “a” sino “ab”, que quiere decir “desde”. Entonces, ahora interpretada correctamente, esa etiqueta quiere decir “desde el origen” o, como se dice habitualmente desde hace un tiempo para referirse a los aborígenes: pueblos originarios.

Y un tercer caso que genera confusión con las etiquetas es el que se da cuando, con el paso del tiempo, lo que colocamos dentro de ese envase se transformó en otra cosa. Al momento de su envasado era, efectivamente, vino, pero ahora del vino queda sólo la etiqueta: se ha convertido en vinagre.

Vivimos en un mundo etiquetado. Las etiquetas circulan por las llamadas “redes sociales” y por la televisión, por las universidades y los lugares de trabajo, por la radio y en las reuniones de amigos, y llegan así a formar parte de nuestros intercambios cotidianos.

Y esas etiquetas son las que terminan diciendo cómo es el mundo o, dicho más crudamente, constituyen el mundo y lo llenan de sentidos, independientemente de lo que ocurra en el mundo. Pero en nuestras sociedades no existe un especial control sobre la relación entre esas etiquetas y lo que hay efectivamente adentro de los distintos recipientes: sobran los etiquetadores y escasean los exploradores. ¿Para qué tomarse el trabajo si contamos con Google?

Así, nos encontramos ante estantes llenos de envases que dicen “Democracia”, “Libertad”, “Neoliberalismo”, “Riqueza”, “Populismo”, “Brecha”, “Progresismo”, “Naturaleza”, “Justicia”, “Desarrollo”, “Ecología”, “Dinero”, “Competitividad”, “Consumo” y tantas otras etiquetas que quedamos desamparados ante semejante abundancia.

Claro que a la hora de tener que decir qué es lo que hay dentro de cada uno de esos tarros ya no estamos tan seguros y, a poco de hablar, descubrimos que mientras unos creían que había una cosa, otros creían que había otra. Tampoco funciona, ante la duda, ir a preguntar a los hombres sabios, porque estos, transformados salvo honrosas excepciones en certificadores de etiquetas, nos dirán unos una cosa y otros, otra.

Quizás las personas y las sociedades no nos podamos pasar sin etiquetas: no tenemos el tiempo para revisar todos los días todas las latas hasta encontrar aquello que queremos. Pero tampoco parece muy eficaz creer en etiquetas falsas o de un mundo que ya pasó porque, razonablemente, al abrirlas, o no encontraremos nada o, definitivamente, encontraremos otra cosa.

Lo único que nos puede proteger, en parte, es algo que ya hacían nuestros antepasados desde la época de las cavernas: salir a ver qué pasa. Claro que para ellos era más fácil: no tenían televisión ni redes sociales.

Febrero, 2022. emiliopauselli@gmail.com

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