La semántica de la violencia

Desde el acto nutricio, donde un ser vivo priva de su ser a otro ser vivo, la violencia es parte constitutiva del fenómeno de la vida. No importa que se trate de una vaca comiendo alfalfa o de un humano comiendo espinacas: tanto la alfalfa como las espinacas no podrán seguir ya con su plan de vida, crecer, dar semilla, reproducirse. No es más cruel el tigre que caza al venado que el humano que saborea un pollo: el venado y el pollo, al igual que la alfalfa y las espinacas, entregan involuntariamente su vida para el mantenimiento de la vida de otro.

Pero el desarrollo de la cultura endulzó esa condición primigenia de la existencia y estableció límites al ejercicio de la violencia: por lo menos desde el código de Hammurabi y la ley mosaica rige el “no matarás”. Es evidente que no se trata de “No matarás al cabrito” ni de “No quitarás la vida a esa bella planta de brócoli”: se trata, en verdad, de “No matarás a otro ser humano”.

Claro que siempre existe la excepción a la regla o, como diría el memorioso de los refranes, hecha la ley, hecha la trampa. Así, en muchas partes del planeta, se castiga con la pena de muerte a los que cometen determinados delitos, o se considera legítimo ejercer violencia sobre los infieles, o sea, sobre aquellos que no son fieles a la religión que uno profesa, o, simplemente, la expectativa de vida de unos no alcanza ni a la mitad de la expectativa de vida de otros sin que exista entre ellos ninguna diferencia biológica.

Sin ir más lejos, en estos días la guerra entre Rusia y Ucrania vuelve a legitimar que, en determinadas circunstancias, está permitido acabar con la vida de otros seres humanos o intentar hacerlo. No otra cosa expresa el proceso de acumulación de armas apuntando a Rusia en que está envuelta Ucrania, ni la lamentable respuesta militar rusa ante tal situación.

Pero la manera en que nos referimos a los actos de violencia presenta notorias diferencias, aunque el resultado de esos actos sea imposible de diferenciar. Rusia invade, EE.UU. ocupa. El policía mata, el delincuente asesina. Al adulto se lo golpea, al hijo se lo educa.

No escapa al lector atento que la diferente resonancia de esas denominaciones está asociada a contextos de valores que indican en qué circunstancias la violencia está justificada, en qué condiciones su uso es aceptable y en cuáles no.

Así, ocupar tiene una resonancia más neutra que invadir. De la ocupación se puede predicar su transitoriedad, hasta que sea “necesario” aunque luego dicha ocupación se extienda durante años, mientras que invadir es concluyente, está asociado a hacerse definitivamente de algo que pertenecía otro. Matar puede estar justificado en ciertas circunstancias, mientras que asesinar constituye siempre un delito. Un ser humano golpeando a otro puede constituir una agresión de género, una actitud de intolerancia religiosa o, en el caso de que se esté castigando a un niño, un acto educativo. 

Pero ese contexto valorativo que selecciona las palabras que utilizamos para referirnos a los mismos actos de violencia es previo a la concreción de esos actos. Si así no fuera, esas palabras no estarían disponibles y careceríamos de criterios de elección para aplicarlas en un caso o en otro.

Así, EE.UU. e Inglaterra ocupan Irak a fin de subsanar anomalías temporarias. En cambio, Rusia invade Ucrania para satisfacer sus afanes expansionistas. En un canto a la libertad, para garantizar la seguridad de los albaneses en Kosovo la OTAN emplea mil aviones de combate sobre Belgrado y el resto de la ex Yugoslavia. En un acto oprobioso, para garantizar la seguridad de los rusoparlantes en Donetsk y Luhansk, Rusia bombardea Kiev.

Como verá el atento lector o la perspicaz lectora, quizás nada de lo que se dice sobre la violencia actual tenga algo que ver con la realidad. Las elites norteamericanas, promotoras de golpes de estado y dictadores impresentables, presentan sus intereses como los de “todo el mundo libre”. Las elites europeas, inventoras del colonialismo y la esclavitud a gran escala pasan por ser los defensores de los “derechos humanos”. Las elites rusas, que festejaron las desigualdades que llegaron con el para ellos recién estrenado capitalismo, pretenden se los trate como iguales y se respete su integridad territorial.

Las palabras que se utilizan para hablar de la violencia no son armas, pero también disparan en una u otra dirección. Hacen de contrapunto a las explosiones que se escuchan hoy en Ucrania, como en muchas otras regiones del planeta con guerras activas pero puestas en sordina porque favorecen los intereses de los “defensores de la libertad” o de sus amigos.

Los horrorosos sonidos producidos por los cañones, los misiles y las bombas quizás sólo sean las brutales palabras de un mundo enfermo y abandonado, como dijera el poeta: “confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto”.

Marzo de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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