Créalo o no, bañarse es bueno

¿Quién puede dudar de ello? Pues, en verdad, la civilización llamada occidental no sólo lo puso en entredicho, sino que, durante muchos siglos, consideró riesgosa esa práctica. No se trataba de falta de medios para hacerlo, claro que no. Se trató de una extraña historia que quizás pueda dejarnos sus enseñanzas.

El baño periódico no fue una adquisición de la modernidad. Ya en la Antigua Grecia era una práctica muy valorada, al punto que desarrollaron una incipiente técnica para moldear el plomo constituyendo lo que serían una especie de protocañerías destinadas a la conducción de agua.

La Roma antigua perfeccionó esos métodos creando los que se llamaron “baños públicos”, democratizando el acceso al baño higiénico que, de esta manera, ya no quedaba sólo reducido a las posibilidades de las clases aristocráticas.

Con la expansión del cristianismo, al ser declarado religión oficial del Imperio romano, comienza a ser sospechoso todo aquello que tuviera que ver con el cuerpo. Considerado origen y asiento del pecado, pasa de ser objeto al que dedicar especial atención y cuidado a convertirse en algo peligroso. No sólo no debe ser bañado en público: aún en privado la exposición frente a la propia desnudez comporta un riesgo. Ese cuerpo debe ser más bien flagelado: castigar el propio cuerpo es castigar al pecado, y eso nos aleja de los peligros del infierno y nos acerca a Dios.

La imaginería que trajo consigo esa concepción del mundo y de la vida se potenció con otras creencias, como las que llevaron al papa Gregorio IX a identificar a los gatos con el demonio. Un siglo después de que comenzara el exterminio de gatos en Europa, este continente se vio afectado por la peste bubónica o peste negra, cuyo vector principal son las pulgas de los roedores.

Conocida desde la antigüedad en China, Japón y la propia Europa, esta epidemia nunca había tenido consecuencias tan mortíferas como las que alcanzó en el siglo XIV: se estima que murió el 30 % de la población europea de esa época.

Recién la Inglaterra del siglo XIX comienza a revalorizar la práctica del baño y emprende la tarea de extender redes de agua para que la mayoría de la población pueda efectuar esa diligencia tan benéfica.  

Eximimos a Cristo, claro está, de las elecciones que hicieron sus seguidores. Para optar por interpretaciones menos oscuras hubiera bastado con recordar que aquel se metió de cuerpo entero en el río Jordán para ser bautizado en público con el agua derramada por la mano de Juan.

Pero, usted se preguntará con razón: ¿pueden nuestras creencias hacernos ver el mundo de manera totalmente irreal? ¿Pueden volver a sucedernos cosas así en la era de la ciencia? Lamentablemente, la respuesta es: sí.

Desde el siglo pasado se extiende por el mundo la idea de que favorecer a las mayorías sociales es malo. Sociedades satisfechas perderían el estímulo por superarse y las personas dejarían de actuar con responsabilidad y aportar al bien común. Por el contrario, si la vida social ofrece condiciones difíciles, por algún mecanismo oculto florecería la riqueza y la virtud.

Tampoco nos falta el gato de Gregorio: el representante del demonio en esta nueva era son los aportes que reciben los compatriotas que viven en condiciones de pobreza o indigencia. Que hagan algo o que mueran, la sociedad no debe ocuparse de ellos porque eso trae el pecado, perdón, el atraso para el resto.

Y para los que se bañan o hacen que se bañan hasta se ha inventado un nombre: populismo. O sea, prestan culto o aparentan prestarlo a resolver las necesidades del pueblo en vez de adorar al dios verdadero, a ese dios que castiga a los que tienen la peregrina idea de limitar, así sea de manera imperceptible, el desigual reparto de ingresos y riqueza.

Imagine cómo pensarán de nosotros en el futuro: como personas que creíamos que, estando mal, estaríamos bien y, de acuerdo con eso, dábamos crédito a los profetas que predicaban restricciones y desprotección. La vida –dicen esos oráculos– mejorará cuando disminuyan las prestaciones a la vejez, bajen los sueldos, se reduzcan los presupuestos públicos dedicados a la educación y a la salud, ya que ello nos llevará, con toda seguridad, al paraíso.

Recuerde, entonces, que bañarse es bueno. El COVID fue un piloto: o dejamos de matar gatos o la verdadera pandemia aún está por verse.

Abril de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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