Colombia: entre el pasado y el futuro

El pueblo colombiano se encontrará, dentro de unos días, ante la necesidad de elegir entre marchar hacia el futuro o permanecer en el oscuro pasado de violencia que lo ha aprisionado por lo menos en los últimos 74 años.

El futuro siempre se presenta acompañado de ilusiones y de miedos: son como dos hermanos que lo llevan caminando de la mano. La hermana Ilusión le habla al oído de paz, de trabajo, de acceso a la tierra. El hermano Miedo le susurra palabras de desesperanza, de odio y de venganza. El futuro no sabe entonces qué hacer, si dar un paso al frente e instalarse en la vida de la sociedad colombiana o retroceder y, por las dudas, dejar que todo siga como está.

Años atrás, asesorando a una empresa en medio de un proceso de transformación tecnológica, nos encontramos con un director reacio al cambio que nos dio tres argumentos inapelables para desistir del proyecto: “nunca se hizo, no tenemos experiencia en trabajar así, puede fracasar”. La verdad que acompaña a cada una de esas afirmaciones se presenta de manera tan evidente que haría imposible cualquier cambio. Lo único que sostuvo aquel proceso fue la necesidad de hacerlo ya que, de otra forma, la organización perdería gran parte de su participación en el mercado.

La posibilidad del cambio en Colombia es incierta, pero su necesidad, incuestionable. Más de lo mismo dejaría al país en el lugar en que ahora se encuentra: como uno de los territorios de nuestra América donde la vida vale menos, sobre todo si se trata de la vida de líderes que aspiran a la mejora de sus comunidades, de periodistas que denuncian la cultura del privilegio o de científicos que intentan pensar un proyecto viable para el país.

Y existe un dispositivo electoral para que el hermano Miedo se imponga sobre su hermana Ilusión: se llama “segunda vuelta”. Este mecanismo, que parece basarse en el respeto por las mayorías, en verdad representa muchas veces un dispositivo para burlar el deseo de las mayorías.

Con segunda vuelta gana Lacalle Pou la presidencia del Uruguay en 2019 luego de haber perdido en primera vuelta por ocho puntos porcentuales. En 2015 llega a la presidencia de la Argentina Mauricio Macri, luego de que perdiera la elección en primera vuelta por tres puntos.

Las legislaciones electorales que prevén segunda vuelta no son todas iguales. Las hay más restrictivas, como la uruguaya o la colombiana que requieren del 50 % más uno para consagrar a un presidente. Otras, como la argentina, exige reunir el 45 % de los votos o más del 40 % y obtener 10 puntos porcentuales de ventaja sobre la primera minoría. En resumen, hay distintas maneras de interpretar electoralmente cuál es la voluntad de la mayoría de la sociedad.

También es distinta la característica de las mayorías electorales entre países como Uruguay o Argentina donde el voto es obligatorio, respecto de otros como EE.UU. o Colombia donde no lo es. Como verán, hay distintas doctrinas y distintas maneras de reconocer la voluntad popular. Con la legislación argentina, por ejemplo, Petro ya sería presidente de Colombia.

Pero las segundas vueltas, cualquiera sea el régimen que las regule, tienen algo en común: son las campañas del miedo. Se pierde de vista qué es lo que propone cada uno y se transforman en una cruzada para impedir que gane “el otro”. Así como la hermana Ilusión gobierna las primeras vueltas, el hermano Miedo parece gobernar las segundas. La ilusión en Colombia se juega una parada difícil el próximo domingo.

El pasado, aunque se presente de manera excéntrica, no tiene nada que ofrecer. Los corruptos hablan de terminar con la corrupción. Los que no trabajan proponen la jornada de diez horas de trabajo, desconociendo no sólo que en el mundo la tendencia es a disminuir la jornada de ocho horas sino, lo que es más grave, ignorando que gran parte del pueblo colombiano ya trabaja más de diez horas.

Parece que nuestros antepasados han sobrevivido, hasta que alcanzaron a perfeccionar su técnica y sus habilidades, alimentándose de los restos que dejaban animales más poderosos una vez que éstos saciaban su hambre. En América Latina, desde la colonia y hasta acá, hemos engendrado un tipo de poderosos cuyo apetito es insaciable, y lo que el futuro quiere decir es sencillo: ya no queremos conformarnos con roer huesos.  

¿Logrará el pueblo colombiano llegar hasta el altar y decir “Sí, acepto” a un gobierno para la paz? ¿O una vez más el hermano Miedo logrará encerrar a su hermana Ilusión y hacer que ésta siga esperando por su prometido? A ver, claro que Petro no es el príncipe azul, pero caramba, es el único pretendiente. Como diría la abuela: “hay que cuidarlo”.

Junio de 2022. emiliopauselli@gmail.com

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