Para los que no son entendidos en los temas del fútbol, Sampaoli es un exitoso entrenador que tuvo un paso olvidable al frente de la selección argentina de ese deporte. Una clasificación agónica ante Ecuador y un flojo mundial en 2018, que lo encontró eliminado en octavos de final, lo hizo centro de las críticas y el periodismo especializado pudo hacer miles de programas destacando sus errores presuntos o reales.
Pero ese “fracaso” no fue como un trueno en un día despejado. En las eliminatorias previas al mundial de Rusia la selección contó con tres técnicos distintos, el primero de los cuales renunció al cargo al no poder reunir once players para entrenar debido a la negativa de los clubes a ceder sus jugadores. La muerte del capo di tutti i capi vino a mostrar que la salud institucional de ese deporte profesional pendía de un hilo –de dinero. Mientras eso ocurría, en la elección de autoridades de dicha asociación votaron 75 asambleístas y el resultado final fue de 38 a 38, contrariando las antiguas leyes de las matemáticas.
La posibilidad de contar con una personalidad pública en la que descargar las frustraciones, como en este caso Sampaoli, es, en nuestros días, una necesidad casi terapéutica. Cumple dos funciones esenciales: tener a quien echarle la culpa y renovar la esperanza de que, con otro técnico, todo irá mejor.
Si no lo cree así, miremos sólo el caso de Argentina. Viene de una “eliminatoria” donde un grupo de especuladores financieros ha endeudado al país en 45 mil millones de dólares para poder realizar sus ganancias, mientras que el proceso penal iniciado para investigar dicha situación va acumulando meses, años y polvo sin conducir a ninguna clase de resultado.
Eso, sin dudas, está emparentado con la ausencia de servicio de justicia ya que ésta cumple sólo el papel de defensora de los grandes intereses económicos fallando a favor de los estafadores –caso Vicentín o Correo Argentino, para dar sólo dos ejemplos– y en contra de cualquiera que diga que sería necesaria un poco más de equidad distributiva.
Y, finalmente, esa confluencia de prácticas –todas ellas dirigidas a proteger a los que más tienen y dejar desamparados a los más desprotegidos– conforma un tipo de sociedad donde el nivel delictivo aumenta –contrariamente a lo que se cree– a medida que se avanza en la escala social.
Así, el presidente del Centro de Exportadores de Cereales denuncia que por mes se contrabandea un millón y medio de toneladas de granos a Paraguay y Bolivia, lo que equivale a un volumen físico de tres mil camiones que, en vez de dirigirse al puerto y exportar pagando las contribuciones establecidas por la ley, enfilan hacia la frontera sin que ningún tipo de control logre detectarlos a pesar del gran tamaño de esos equipos. Lo mismo ocurre regularmente con el combustible que, en camiones tanque, atraviesan los límites del país para ser comercializados en países vecinos.
Pero no todo es contrabando: las empresas formadoras de precios, sobre todo en los rubros alimenticios, aducen la necesidad de aumentarlos permanentemente para garantizar el abastecimiento, pero, si se observan sus balances, sus ganancias son crecientes y en muchos casos superiores a las que se obtienen en cualquier otra parte del mundo.
El “campo” que, a tenor de las declaraciones de algunos dirigentes está “tan mal”, está lo suficientemente bien como para poder demorar especulativamente la exportación de 14 mil millones de dólares en soja para intentar presionar a las autoridades monetarias y obtener así un tipo de cambio más favorable.
Pero no se angustie ni se desespere ante este panorama un tanto sombrío que habla de una sociedad pegándose tiros en los pies. Podrá ver cientos de programas periodísticos que le explicarán que todo el problema se debe a las malas decisiones del director técnico, en este caso llamado Alberto Fernández. Hasta miembros de su propia coalición política lo creen así, votan en contra de sus proyectos y le envían cartas señalándole sus errores. El resto de las conductas institucionales y sociales no tiene nada que ver con el resultado que obtiene el país. Si lo hubiera puesto a Higuaín contra Francia…
Pero ¿la culpa no era de los argentinos… perdón, de los jugadores? Parece que no: como el espectáculo debe continuar y no siempre hay alternativas alentadoras a la hora del casting, uno de los colaboradores de Sampaoli queda al frente de la selección. Esta gana la Copa América después de 28 años y, por su juego, entra en la lista de candidatos a ganar el próximo mundial de Qatar. Hasta haciendo honor a la humildad de su conductor, el equipo adquiere nombre propio: se lo llama la scalonetta.
Mientras tanto, si analizamos seriamente las declaraciones que circulan en el espacio público, todas ellas pueden reducirse a una única expresión: “yo no fui”, dejando así a la imaginación del oyente la asignación de responsabilidades por la existencia de una sociedad cada vez más desigual.
Pero la decadencia no viene sola. Del holístico e inteligente “la culpa de todo la tiene el otro” que Santiago Varela escribió para que inmortalice Tato Bores, hemos pasado al mucho más modesto “la culpa de todo… la tiene el director técnico”.
Julio de 2022 emiliopauselli@gmail.com