Hay cosas que ofenden tanto nuestra autopercepción como especie y como sociedad, que es mejor no hablar de ellas. Pero, como a su vez no se pueden ignorar porque desafían nuestra experiencia cotidiana, se recurre a ese invento genial del lenguaje llamado “eufemismo”, definido por la Real Academia como “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.
Esto viene ocurriendo desde hace años cada vez que toca hablar de la pobreza y la indigencia. Más allá de sus índices, que dicen poco o mucho –depende de la experiencia de quien los lea–, nada sustancial se agrega respecto al fenómeno de que las sociedades más ricas de la historia conocida sean, a su vez, las más desiguales y las que condenan a una mayoría de su población a vivir en condiciones miserables –material y espiritualmente.
Mientras los llamados Estados de Bienestar mantuvieron la ilusión de la movilidad social ascendente, el problema se reducía a una cuestión de tiempo: antes o después todos alcanzarían a disfrutar de los bienes producidos por la cultura.
Esa ilusión ya ha quedado sepultada por la acción conjunta de una teoría ética-política-económica denominada neoliberalismo y por el simultáneo reemplazo masivo de trabajadores humanos por tecnología. La relación entre ambos fenómenos sería un buen tema de estudio para jóvenes investigadores.
Pero ante esta realidad –la de una humanidad sobrante cuya única condición de existencia sería entonces la de la miseria– comenzaron a aparecer los nombres para hablar de ella y de ello. Esos nombres, claro, que no son sólo descriptivos, sino que son principalmente prescriptivos: indican qué es lo que hay que hacer para que esa realidad sea superada.
En los noventa, los discursos referidos a la pobreza comenzaron a recibir el aditivo de “micro”, muy bien puesto, por cierto, ya que esa población no tenía ninguna clase de acceso a participar y beneficiarse de los fenómenos macro que ocurrían en esas mismas sociedades. Así aparecieron los microemprendimientos, los microcréditos, el micro desarrollo o desarrollo local. En verdad, constituían una respuesta precaria a la realidad del creciente desempleo y al aumento incesante de personas para las que ya no había un puesto de trabajo disponible. Lo que la macro non da…
Entrado este siglo, y quizás por la limitada de eficacia de aquellos nombres y de aquellas prácticas, se acuñó la nueva expresión que iba a ser sinónimo de pobreza: esa expresión se resumía en la palabra “social”. Se alentaba así la idea de que había un mundo cruel regido por el ansia de ganancias pero que, como contrapartida, existía un mundo social que privilegiaba a las personas y a los vínculos entre ellas. Así aparecieron la economía social, el monotributo social, la comercialización social, las sociotécnicas, el salario social…
Ya en la segunda década del siglo XXI, ante la evidencia de la ineficacia de “lo micro” y de las diferencias insalvables de ingresos, acceso a la salud y seguridad previsional a favor de “los trabajadores del mundo cruel” y en contra de aquellos del “bello mundo de la economía social”, la sociedad realizó un nuevo esfuerzo para seguir evitando asumir la realidad plena de una humanidad descaradamente estamental. Este nuevo esfuerzo hizo aparecer la denominación “universal”.
Así, pareció normal denominar Asignación Universal por Hijo a un subsidio para personas pobres y, el que así no lo crea, sólo debe verificar cuáles son los requisitos para poder recibir dicho ingreso. Y como las modas son indetenibles, ahora comienzan a tener auge distintas propuestas llamadas Salario o Ingreso Universal. En la Argentina está circulando, por estos días, un proyecto de ley que confirma exactamente lo que decimos sobre el sentido con el que se usa la palabra “universal”.
Desprestigiada la denominación de “Planes Sociales” para designar la ayuda que desde el Estado se le debe brindar a aquellos ciudadanos y ciudadanas más desfavorecidas de la sociedad, aparece la salvadora expresión de Salario Universal que reúne dos creencias de la época: “salario”, que remite al trabajo, del que queda su obligación moral aunque ya no sus condiciones de acceso para todos, y “universal”, que aclara que se trata de una medida no para todos –o sea, no universal–, sino sólo para personas que viven en condición de pobreza.
A riesgo de ser antipático, es necesario decir que lo que hoy se propone bajo el nombre de salario universal es lo de siempre: si usted llega a demostrar que es lo suficientemente pobre, el Estado le ofrecerá algún tipo de ayuda. Como el cartel de “Povero” que, hasta hace menos de un siglo, colgaba de la cama de aquel que era atendido en el hospital de la Sociedad Italiana de Beneficencia de Buenos Aires cuando su ocupante no podía pagar las atenciones allí recibidas.
Ojalá esas propuestas reciban apoyo parlamentario y condiciones fiscales de aplicación, sería un mínimo esfuerzo de la sociedad para asistir a los que peor la pasan. Pero de ahí a creer que implican un nuevo tratamiento del tema de la pobreza hay una gran distancia.
Algo distinto sería proponer que se establezca un ingreso de verdad universal, o sea, para todos, desde el más rico hasta el más pobre, como una práctica novedosa de reparto de una recién reconocida renta social.
De no ser así, el tema es siempre el mismo. Como ya dijeran Julio Llinás y María Luisa Bemberg, cada cual en su lenguaje: “De eso no se habla”.
Agosto de 2022 emiliopauselli@gmail.com