No hacen falta muchas luces para relacionar el atentado a la vicepresidenta de la Argentina con los discursos de odio emitidos desde dirigentes políticos, jueces y medios de comunicación afines a la derecha política. Luego de movilizaciones presididas por guillotinas, horcas o bolsas para cadáveres con la foto de distintos dirigentes del gobierno, con la complacencia de la policía de la ciudad y el silencio de los dirigentes de la oposición, no llama tanto la atención que un grupo pueda sentirse en la obligación de poner fin a una situación presentada como ignominiosa.
El intento no deja de tener su costado heroico ya que se trató de terminar con “el cáncer de la Argentina”, corrupta, ladrona, asesina, enferma, dictadora, y otras afirmaciones de ese tenor que entrevistados y periodistas de medios de prensa hegemónicos repiten día a día desde hace años, sin ninguna clase de consecuencias.
Pero, cuando se intenta hablar de cómo mejorar la convivencia democrática eliminando esas expresiones promotoras de violencia, aparece la denuncia de que se estaría afectando la libertad de prensa.
Se puede pensar que hoy la libertad de prensa termina siendo, en verdad, la libertad de las empresas que tienen medios de comunicación para emitir aquellos mensajes que creen convenientes para sus intereses e ignorar aquellos otros que podrían serles desfavorables, cualquiera sea su contenido de verdad.
Pero eso sería ver sólo una parte del problema, porque, más allá de la existencia de “troles” y de empresas organizadas para tal fin, los mensajes de odio que se reproducen en las redes sociales no dejan de ser responsabilidad de las propias personas que en ellas participan.
Los diarios, la radio, la televisión siguen siendo importantes para una parte de la población, pero, mientras tanto, otra parte cada vez más considerable participa de circuitos de comunicación alternativos: la llamada “ciudadanía digital” que permitió desde el “tetazo” hasta la toma del Capitolio.
Claro que cualquier intento de control sobre el contenido que circula en esas redes también merecería la reserva de que se estaría limitando la capacidad de expresarse, porque, para este nuevo tipo de “barras bravas”, la libertad consiste en decir lo que quiero, sin ninguna exigencia de veracidad y sin ninguna responsabilidad sobre las consecuencias de lo que digo.
Pero el fútbol, así como refleja muchas de las limitaciones de nuestra cultura, también se hace eco de los intentos por convivir de una mejor manera. Es por eso que hoy no se pueden tirar bananas a la cancha cuando aparece en ella un equipo compuesto por jugadores negros ni se pueden entonar cánticos discriminatorios sin sufrir penalidades económicas severas y hasta la posibilidad de clausura del estadio donde esos hechos se produzcan. El árbitro del partido está obligado a suspenderlo en caso de que se entonen cánticos racistas, xenófobos o misóginos, y no reanudarlo hasta que esas expresiones hayan cesado.
Claro que, siguiendo el razonamiento de los “barras bravas” de la libertad, estas disposiciones también constituirían una inaceptable limitación a nuestra posibilidad de expresión. ¿El racismo no es una forma de expresar en libertad el pensamiento de las personas racistas? ¿Bajo qué estatuto sería legítimo impedírselos? Sólo bajo aquel que considere al racismo un disvalor. La condición que exigió la derecha en la Argentina para firmar una declaración de repudio al atentado contra la vida de la vicepresidenta en ejercicio fue que no figurara la condena al odio: eso expresa, sencillamente, su negativa a considerar el odio como un disvalor.
Cuando se alega que los sistemas judiciales juzgan lo que la personas hacen y no lo que dicen se postula una teoría de la acción por demás limitada: una de las cosas que hacemos los seres humanos es decir y, por lo tanto, nuestras expresiones son parte de nuestras acciones. Si yo digo “son ellos o nosotros”, “vamos a barrerlos”, “hay que dinamitar el Ministerio de Desarrollo Social”, actuamos expresivamente en determinada dirección que, como se observa en esas expresiones, siempre se orientan a la eliminación del otro.
El otro subterfugio que se suele mencionar es que, aunque existan discursos de odio, es difícil probar que alguien que comete un delito de odio lo haya hecho influenciado por esos discursos. Eso sólo demostraría que quizás la práctica judicial no sea la apropiada para regular estas necesidades sociales y haya que recurrir nuevamente a los acuerdos políticos para resolverlo.
Dos décadas atrás habríamos festejado la obtención de la Copa América lograda contra Brasil al grito de “ya todos saben que Brasil está de luto / son todos negros / son todos putos”. Que hoy no lo podamos hacer no parece ser una gran limitación a nuestra libertad, parece más bien el resultado de querer vivir en sociedades más respetuosas e inclusivas.
Y para los que todo lo minimizan atribuyéndolo al “folclore del fútbol”, al “folclore de la política”, al folclore de vaya a saber qué, sólo les digo que quizás yo me haya quedado con las ganas de cantarlo, pero soy feliz de que mi nieto pueda crecer en una sociedad con otro “folclore”, donde la principal fuente de satisfacción no sea la denigración del otro.
Septiembre de 2022. emiiopauselli@gmail.com