Después de una década de descenso de la calidad de vida en una sociedad, la pegunta por la o las causas de tal situación se hace acuciante. Paralelamente, la población parece ponerse más receptiva a escuchar diversas clases de explicaciones sobre las razones por las que no logra mejorar sus condiciones de vida.
Claro que el tenor y el grado de veracidad de esas explicaciones pueden ser realmente variados y, en no pocas ocasiones, llevar a cabo esos consejos puede agravar los males que se quieren remediar. Ya en otros momentos de la historia, ante las dificultades crecientes para dar respuesta a las necesidades de la reproducción de la vida humana, diversos grupos han seguido el camino de la xenofobia, el racismo, la misoginia, la aporofobia y la violencia.
Un ejemplo clásico de esto que decimos ha sido el odio, el temor y la persecución desatada sobre los judíos en Alemania a principios de la década del 40 del siglo pasado. La pérdida de sus derechos, el traslados forzoso a campos de concentración y el posterior asesinato de seis millones de judíos fue la deriva histórica de esa etapa oscura de la humanidad.
Construir caminos para superar las carencias sociales es realmente dificultoso. No sólo porque en materia social es difícil planear y ejecutar acciones que siempre produzcan los resultados esperados, sino, y principalmente, porque esas situaciones no deseadas para las mayorías sociales pueden ser deseadas por otros y, frecuentemente, estos otros suelen tener mucho poder.
Quizás por eso, cuando el desencanto aumenta, el discurso sobre lo que habría qué hacer deja lugar al más simple de señalar a alguien que pueda tener la culpa. Una vez identificado ese culpable se trata de eliminarlo mediática, judicial o físicamente.
Claro que los judíos no tenían nada que ver con los problemas que atravesaba la Alemania surgida del Pacto de Versalles y su exterminio no aportó ninguna de las soluciones esperadas. Pero lo que el horror del holocausto a veces hace olvidar es que, en ese proceso de odio, hubo once millones más de personas asesinadas por creencias religiosas, origen étnico, ideas políticas, orientación sexual o discapacidades consideradas incompatibles con la vida en sociedad.
En la Argentina actual asistimos a un intento de creación de ese culpable, al que se lo llama “cáncer del país”, “ladrones de los fondos públicos”, “manipuladores de la justicia”, “promotores de la vagancia a través de los planes sociales”, “asociados para delinquir” y otras expresiones más subidas de tono aún.
Los elegidos como culpables son los seguidores de un movimiento político denominado peronismo y, por lo tanto, ellos mismos llamados “peronistas”.
Es posible que, a esta altura, muchos de nuestros lectores consideren exagerada la comparación de la situación Argentina con la que dio origen a la Alemania Nazi: yo deseo sinceramente que tengan razón y, sobre todo, quisiera creer que no reviste mayor importancia el crecimiento de estos fenómenos en el mundo. Ya en la vieja Europa comienzan a tener acceso a los gobiernos, como en Polonia, Ucrania, Hungría o Italia, mientras que en nuestra América intentarán el próximo domingo afianzarse en Brasil, el país más poderoso de la región.
Sólo quiero hacer notar que los peronistas llevados ante los tribunales parecen no tener los mismos derechos que el resto de los ciudadanos: las causas contra éstos avanzan a gran velocidad y con procesos que dificultosamente se ajustan al Derecho, mientras que cualquier acusación que afecte a sus perseguidores termina en rápidos sobreseimientos aunque las pruebas sean dignas de un estudio más detallado.
El nivel de linchamiento mediático al que se los somete hace recordar al apotegma atribuido a Joseph Goebbels: “miente, miente, que algo quedará”. Comienzan a aparecer los soles negros tatuados en el cuerpo de los que atentan contra la vida de una de las líderes de ese movimiento político. Los abogados que rápidamente acuden a defender a los asesinos fracasados salen de las oficinas de legisladores que hacen de los peronistas el demonio del país y los causantes de todos los males.
A esta altura de los acontecimientos conviene nuevamente recordar que los asesinados por el nazismo fueron 17 millones de personas, de los cuales 6 millones eran judíos. No sea cosa que usted, que no es peronista, al igual que no lo soy yo, tenga que pedir prestado de urgencia los versos de Bertold Bretch para exclamar: “Ahora vienen por mí, pero ya es demasiado tarde”.
Septiembre de 2022. emiliopauselli@gmail.com