La Federación Internacional de Fútbol Asociado siempre fue muy afín a los dictados de los imperios de turno, en especial a los que estuvieron dominados por la extrema derecha. Así lo demostró su condescendencia con la Alemania nazi, organizadora de los Juegos Olímpicos de 1936.
En esa oportunidad, en la competencia de fútbol participaron dieciséis equipos, quedando clasificados ocho luego de la primera ronda eliminatoria a partido único. En esa nueva instancia Italia, a la postre campeón olímpico, derrotó 8 a 0 Japón; Noruega derrotó 2 a 0 a Alemania, para gran disgusto del Führer; Polonia le ganó 5 a 4 a Gran Bretaña y, el único representante sudamericano, Perú, le ganó 4 a 2 a Austria, clasificando a las semifinales.
Eso era más que lo que la Alemania nazi podía soportar. Que un grupo de mulatos, mestizos y zambos eliminaran a un equipo ario de rubios con ojos azules no sólo era una afrenta deportiva, era una crisis ideológica.
Pero vale detenerse en los detalles de ese partido. El inicio fue netamente favorable a los austríacos, quienes con goles de Walter Werginz y Klement Steinmetz se retiraron al descanso ganando por 2 a 0. En el segundo tiempo el buen equipo peruano, que ya había dado cuenta de su calidad al eliminar en primera ronda a Finlandia por 7 a 3, logró la igualdad con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva. Con el marcador empatado, el encuentro fue al alargue. Ante el estupor de los jerarcas nazis, en ese alargue los jugadores peruanos, haciendo gala de sus aptitudes futbolísticas y de su espíritu de entrega, convirtieron, escuche bien, ¡cinco goles más! El árbitro noruego Thoralf Kristiansen hizo lo que pudo –las malas lenguas dicen que entró a dirigir el alargue bajo amenaza– y anuló tres de esos cinco goles, pero la diferencia era muy grande, el partido terminó, como ha sido dicho, 4 a 2 a favor de los latinoamericanos.
Las autoridades alemanas y austríacas recurrieron inmediatamente ante la FIFA. La historia registra confusamente esas razones, algunos aducían que la cancha no tenía las medidas reglamentarias, otros, que espectadores peruanos –luego se sabría que fue una banda enviada por Goebbels– entraron al campo de juego y amenazaron con armas de fuego a los jugadores austríacos, en fin, lo que se dice en el ambiente, malos perdedores.
Pero la FIFA no se hizo de rogar y anuló el partido. No escuchó el descargo de la delegación peruana quien, en razón de ese trato discriminatorio, se retiró de los juegos olímpicos en lo que fue catalogado, en su época, como una actitud de dignidad. Finalmente, como no podía ser de otra manera, el ente rector del fútbol dio por ganador de ese partido a Austria.
Los lectores y lectoras de Página y media, a esta altura, se estarán preguntando cuándo esta publicación se ha transformado en una gaceta de historia del deporte, y consideramos que la inquietud es justa.
Pero podemos responder a esa pregunta: la historia de las olimpíadas de la Alemania nazi se sigue repitiendo ochenta y nueve años después. La FIFA, nuevamente dócil a los poderes de turno –oh casualidad, que hasta repiten el saludo nazi en la asunción de Trump– se apresura a dejar fuera de la próxima competencia mundial a Rusia con el argumento de su participación en la guerra con Ucrania, guerra donde, dicho sea de paso, también participan la OTAN y EE.UU.
¿Qué sanción recibe Israel, autor del principal genocidio llevado a cabo en el siglo XXI, esta vez en contra del pueblo palestino? Ninguna. ¿Qué sanción reciben los países de la OTAN que bombardean regularmente Siria y otros lugares donde consideran necesario defender sus intereses? Ninguna. ¿Qué sanción recibe EE.UU. implicado en 19 guerras activas alrededor del planeta? Ninguna.
Se puede pensar que se trata de personas de elevada moral, preocupadas por la guerra, pero mal informadas, pero no: en verdad son los mismos personajes que definen los lugares donde se realiza esa justa deportiva de acuerdo con el dinero que entra en sus bolsillos, como bien quedó demostrado con la insólita designación de Qatar como sede de la última cita.
Claro que no es un problema de letras: con F también se escribe Felicidad y se escribe Futuro, ese futuro que hoy parece amenazado por estos nuevos-viejos cultores de la discriminación, el odio y la muerte.
Febrero de 2025. emiliopauselli@gmail.com