El mundial de fútbol es un evento que concita la atención y desata la pasión de distintos pueblos. Algunos porque resulta una oportunidad de ratificar los laureles ya conseguidos en este deporte, otros porque estuvieron cerca muchas veces, y todos porque a nadie se le puede quitar la ilusión de que sea la primera vez.
También, como es un acontecimiento de carácter global, cada cuatro años este evento refleja un poco el mundo en el que vivimos. En el mundial anterior, que la FIFA decidió realizar en Qatar en una votación rodeada de sospechas y denuncias de soborno, observamos tres fenómenos representativos de ese mundo: el primero, el trabajo de los migrantes que construyeron la infraestructura necesaria en condiciones similares a la esclavitud, tanto por las condiciones en que debieron desarrollar sus tareas como por la falta de derechos para reclamar lo que los contratistas les habían prometido. Qatar sintetizó, también, una imagen del despilfarro de los super ricos del mundo, construyendo estadios con aire acondicionado en medio de un desierto con temperaturas de hasta 50 grados. Y, en tercer lugar, la violación de los derechos humanos, en este caso la privación de derechos para las mujeres, no fue ningún obstáculo para premiar a ese país con la realización de un mundial.
Si aquel mundial reflejó los privilegios de los super ricos, el mundial que se iniciará en pocos días resume la impunidad conque ejercen la violencia algunas potencias militares del mundo, violando el derecho internacional y desarrollando guerras de rapiña para obtener recursos que no poseen, especialmente petróleo.
No se trata de que la FIFA ignora esas situaciones, sólo las ignora en algunos casos. Por ejemplo, la invasión de Rusia a Ucrania desató una serie de sanciones que excluyó a dicho país tanto del mundial anterior como del presente. Sin embargo, la intervención armada de EE.UU. en Venezuela donde secuestró a su presidente o la guerra desatada junto con Israel contra Irán no mereció ningún tipo de sanción contra el país agresor.
Es más, no implicó ninguna revisión a la designación de EE.UU. como una de las sedes del mundial, como tampoco impresionó a la FIFA la persecución sistemática de inmigrantes en ese país –como en otra época y otra geografía se perseguía a los judíos–, persecución que viene produciendo deportaciones en masa y ya cobró varias vidas de ciudadanos norteamericanos. Tampoco Israel, responsable del principal genocidio del siglo XXI, contra el pueblo palestino, ha enfrentado ninguna dificultad para participar de las eliminatorias para ese evento deportivo.
Se da la situación de que el equipo de fútbol de Irán deberá competir en Los Ángeles y en Seatle, ciudades de EE.UU., cuyo presidente prometió retrotraer con sus bombardeos a esa milenaria civilización a la “edad de piedra”. Creo que el mundo del fútbol debería sentir mucha vergüenza de avalar esas situaciones totalmente distópicas.
Mientras tanto, este mundial será récord en cuanto a equipos participantes: serán parte de este evento más del 20 % de los países asociados a la FIFA. En los últimos mundiales ese porcentaje llegaba al 15 % y, años atrás, apenas superaba el 10 %. ¿Estamos ante una democratización del deporte? Nada de eso, multiplicar las horas de televisación permitirá multiplicar las ganancias.
Y ese es nuestro mundo, no hay valor superior a la obtención de ganancias. Podemos ignorar guerras, violaciones a los derechos humanos y genocidios, siempre que podamos seguir obteniendo ganancias.
Sin embargo, mientras los dirigentes del fútbol mundial se revuelcan en su propia porquería, el corazón de cada hincha late con fuerza, soñando con que esta vez sí, o que una vez más, su equipo se coronará como el mejor del mundo.
Porque, como dijo un sabio del fútbol, ¡la pelota no se mancha!
Junio de 2026. emiliopauselli@gmail.com