El mundial que acaba de finalizar ha mostrado un contraste importante con otros procesos que están ocurriendo en nuestra región. Si comenzamos por el mundial, la selección argentina, por ejemplo –a la postre subcampeona del mundo por cuarta vez–, fue muy fácil de identificar por su camiseta tradicional, a rayas verticales celestes y blancas. También resultó sencillo diferenciarla cuando jugó con otros equipos, por ejemplo, de Egipto que utilizó camiseta roja, de Inglaterra, camiseta banca, o de Argelia, blanco con vivos verdes.
Sin embargo, para seguir con el ejemplo de Argentina, mientras sus jugadores hicieron su mejor esfuerzo por defender los colores nacionales –suscitando el apoyo y la alegría de todo un pueblo–, otros argentinos, con más responsabilidades, realizan acciones de signo totalmente contrario.
Legisladores norteamericanos visitaron las instalaciones de Atucha como los futuros propietarios de esa central atómica, interrumpiendo 76 años de desarrollo nuclear independiente con fines pacíficos; militares de la misma nacionalidad recorren Ushuaia buscando las mejores instalaciones para su futura base naval; se autorizan ejercicios de tropas militares extranjeras sin autorización del Congreso Nacional; se aprueba la explotación de litio en Catamarca por empresas chinas con daños irreversibles para cursos de agua y glaciares de esa región; se otorgan permisos a empresas inglesas para explotar el petróleo en el mar argentino; se adjudica el control de la principal vía fluvial del país a una empresa belga o se intenta aprobar una ley que permita a inversores extranjeros comprar tierras en Argentina eliminando las limitaciones vigentes.
Mientras el enfrentamiento deportivo entre equipos de distintas naciones se realiza bajo la luz de los estadios en la copa del mundo, el enfrentamiento entre los intereses económicos y estratégicos de los países se realiza a la sombra del ocultamiento informativo y la compra de voluntades en oficinas inaccesibles para los ciudadanos: allí no hay transmisión en directo.
Si quisiéramos cruzar esas luces y sombras en este momento de neocolonialismo en América Latina observaríamos un cuadro sorprendente. Por ejemplo, si pusiéramos a los legisladores argentinos la camiseta de los países a los que representan, nos sorprenderíamos de que la mayoría se presente en su banca con la camiseta de los EE.UU., algunos por convicción y otros por conveniencia. Otros lo harían con la de Inglaterra, otros con la de China, otros con la de Israel, otros con la de otros países. Contrastaría el celeste y blanco que inundó las calles de todas las ciudades con los colores que defienden los representantes de ese mismo pueblo, donde los de celeste y blanco serían una minoría.
Algunos interpretan que un mundial de fútbol es una distracción para que la sociedad no registre acontecimientos lesivos para sus intereses, como lo fue en 1978 la desaparición sistemática de personas o en la actualidad la entrega sin límites del patrimonio nacional. En algunos casos, esta creencia tiende un manto de sospecha sobre la legitimidad que tendría la alegría popular que estos eventos desatan.
Pero recorrer otro camino parece posible: en vez de condenar, podemos comparar: ¿Qué país queremos? ¿Uno que se parezca al de esos muchachos que dejan la piel en la cancha para defender los colores de la Patria, aunque muchos de ellos ya tengan su futuro económico asegurado? ¿O ese de los que, llegados al cargo, son receptores de cualquier prebenda a cambio de levantar la mano para favorecer los intereses de otros países?
Ah, y felicitaciones a España, merecido campeón mundial.
Julio de 2026. emiliopauselli@gmail.com