Los seres humanos somos…

… ¿buenos o malos?, ¿egoístas o altruistas?, ¿competitivos o colaboradores? Esas preguntas han recibido, y siguen recibiendo, distintos tipos de respuesta. Los hay quienes consideran, tanto a varones como a mujeres, como absolutamente buenos, aunque algunos ejemplos pueden introducir dudas al respecto. Lo mismo les ocurre a los que consideran a los miembros de la especie básicamente egoístas: se encuentran con acciones desinteresadas que no son posibles de explicar.

Hay quienes han creído resolver el problema afirmando que somos lo uno y lo otro, pero a poco que reflexionemos sobre ello, vamos a ver que esa solución no nos permite adelantar un paso en nuestra investigación. La nueva pregunta que surge, de aceptar esa solución, es: ¿en qué proporción?, ¿cuánto de buenos y cuánto de malos?

Si se tratara de un 50 y un 50 no habremos progresado mucho, en tal caso nos podríamos comportar bien o mal de manera aleatoria: nada podríamos adelantar en nuestro conocimiento de la naturaleza humana. ¿Y si se trata de un 60 y un 40 a favor del bien?, ¿o de un 80 y un 20 a favor del mal? Claro que sería bastante distinto en uno y otro caso.

O quizás tengan razón los existencialistas del siglo XX y el ser humano pueda ser lo uno o lo otro, y que eso lo define durante su existencia, si ser leal o traidor, valiente o cobarde, generoso o avaro.

Pero también podemos mirar las cosas desde otro punto de vista. De pequeños se nos suele preguntar ¿qué vas a ser cuando seas grande? Ingeniero, médica, pescador, astronauta, maestro, arquitecto, albañil, youtuber. Hay que reconocer que pocos responderán asesino, estafadora o traficante de drogas, un punto a favor del bien.

Sin embargo, lo que queremos hacer notar es que lo que vamos a ser no está dado en el momento presente, sino que se proyecta hacia el futuro. Entonces, quizás, las preguntas iniciales no eran las correctas; los hombres no serían buenos, sino que se harían buenos, no serían malos, sino que se harían malos, no serían egoístas, sino que se harían egoístas, y así de seguido.

Vamos a explicarnos: si un niño llega a la escuela y se encuentra en una clase con un maestro y cinco compañeros o compañeras más, probablemente haga una experiencia de cuidado completamente distinta a si llega al mismo lugar y el maestro debe ocuparse de 34 niños y niñas, como él, de seis años. Si un joven, al llegar a los 20 años, debe elegir entre distintas oportunidades de trabajo dignas seguramente establecerá una relación con la sociedad a la que se incorpora distinta a si debe caminar días y días con su hoja de vida debajo del brazo sin encontrar oportunidades de empleo o sólo encontrando alguna que le garantizará vivir en la pobreza. Si el que desea formar una familia encuentra oportunidades para habitar una casa tendrá una imagen completamente distinta de la sociedad que lo recibe y de cómo comportarse ante ella que si debe postergar indefinidamente su proyecto por falta de una vivienda digna.

Si esto tuviera visos de realidad, no tendrían fundamento las teorías que hacen del capitalismo el sistema natural de vida de una especie egoísta y sólo interesada en su beneficio individual. No sería, entonces, el capitalismo el resultado de cómo es el ser humano, sino el actual ser humano el resultado de la cultura de competencia, exacerbada hasta el extremo, por el capitalismo.

Es el crimen perfecto: una cultura produce un ser humano bastante defectuoso y, ante la contemplación de ese resultado, se justifica a sí misma. Está claro que ese ser sólo se merece eso, ¿qué otro tipo de civilización se adaptaría a sus limitadas luces y a su afán incontrolable de poseer?

Para pensar, ¿no? Quizás aún tengamos oportunidad de hacer de la existencia humana una obra de arte si dejamos de echarle la culpa al cuadro y comenzamos a examinar mejor las habilidades del pintor.

Septiembre de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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