Hay palabras que, de tan conocidas y utilizadas, parecen tener un significado claro y único: ¿quién no sabe qué es la libertad? Todos lo sabemos hasta que nos hacemos la pregunta: ¿qué es la libertad? Ahí la cosa se comienza a complicar.
La realidad es que cada cultura produce distintas ideas de lo que es la libertad. En ocasiones ser libre significó, principalmente, no ser esclavo. En otras, no depender de las constricciones impuestas por la familia o la sociedad. También se ha entendido la libertad como un proceso interior que se alcanza con el ejercicio de la virtud, por mencionar algunas.
Esto quedó patente cuando las civilizaciones europeas se encontraron con las civilizaciones americanas en los siglos XV y XVI. Mientras aquellas portaban una idea de libertad basada en la relación de las personas con los objetos, estas últimas exhibían una idea de libertad basada en la relación de las personas con las personas.
Las primeras son deudoras de la idea de libertad consagrada por el derecho romano, donde resultan inseparables la libertad y la propiedad. Ser libre significaba que yo podía hacer lo que quisiera con un objeto de mi propiedad y que nadie podía impedirlo, ya se tratara de tierras, animales, plantaciones o esclavos. El famoso dominium del derecho romano, del que deriva la palabra dominus: señor, dueño, poseedor, propietario, soberano.
Españoles, franceses e ingleses se encontraron en América con ideas totalmente distintas sobre lo que significaba ser libre. Conocieron pueblos para los que ser libres implicaba tres condiciones: poder desplazarse de un lugar a otro, poder desobedecer órdenes y poder ensayar nuevas formas de organización social. No es de extrañar que algunos americanos que en aquella época entraron en contacto con las civilizaciones europeas consideraran que en éstas las personas no eran libres desde el momento en que debían obediencia absoluta a un rey.
La antropología evolucionista hizo de estas diferentes ideas de libertad etapas del desarrollo humano: unas concepciones debían suceder a las otras en la medida que dejáramos de ser “salvajes” o “primitivos”, presentando a las sociedades capitalistas como el más alto grado del desarrollo histórico.
Esta idea que asocia libertad y propiedad es la que se ha impuesto a partir de los procesos de colonización y globalización, por eso no es de extrañar que aquellos requisitos que debía reunir la libertad para algunos grupos de “salvajes” ya no se cumplan. Las personas ya no podemos ir libremente de un lugar a otro del planeta, como lo atestigua el drama de los migrantes, reactualizado por estos días con los trágicos acontecimientos en Ceuta.
El requisito de poder desobedecer órdenes tampoco forma parte de la actual idea de libertad, aunque en verdad contiene un principio de inmenso valor para la vida humana: no propone desobedecer las leyes o contrariar los usos y costumbres, lo que está diciendo es que las decisiones, para ser obedecidas, deben asentarse en la persuasión y no en la violencia.
Finalmente, resultó tan incomprensible para el pensamiento europeo la libertad de ensayar diversas maneras de organización social, que los pensadores de ese continente que imaginaron cambios sociales los tuvieron que asociar a procesos revolucionarios que destruyeran las formas existentes de convivencia.
Ese encuentro de diversas ideas sobre lo que es la libertad, sin embargo, tuvo impacto en el movimiento intelectual europeo denominado Ilustración. Éste comenzó a abordar temas inexistentes antes del contacto con las culturas americanas, como el de la propiedad privada, los sistemas de gobierno no monárquicos o la igualdad entre las personas.
Por eso la idea anacrónica de libertad exclusivamente como derecho a la propiedad que proponen los movimientos de ultraderechas, deudores del neoliberalismo, hacen reaparecer, de a poco, sistemas de vida y formas de trabajo muy parecidos a los de los esclavos.
Septiembre de 2026. emiliopauselli@gmail.com