Al mencionar la democracia es difícil, casi imposible, no remontar nuestro pensamiento a la Grecia clásica, supuesta cuna de aquel experimento político y la que nos heredó su nombre: Demos, pueblo, Kratos, gobierno. Hoy conocemos las limitaciones de aquella: incluía sólo a los varones, tampoco podían participar los esclavos, muchas de las personas libres habilitadas para hacer oír su voz en el ágora no podían concurrir porque no tenían la riqueza suficiente para liberarse de las tareas cotidianas.
Hoy vivimos con la creencia de que nuestras actuales democracias tienen algo que ver con aquel origen, ¿será cierto? Para evitarnos tediosas discusiones académicas les proponemos hacer un experimento mental: con alguna tecnología aún no disponible resucitamos a un griego del siglo V antes de Cristo. Le agradecimos a Hades que nos haya permitido traerlo desde el reino de los muertos y le explicamos al recién llegado, con paciencia, cómo funciona nuestro sistema de gobierno.
Una vez puesto en situación, pasamos a preguntarle cómo lo llamaría él. El griego del experimento no tuvo ninguna duda ni confusión, sin tomarse más tiempo que el necesario para comprender la pregunta respondió inmediatamente: una aristocracia.
Claro que, inmediatamente, le retiraron todas las invitaciones que tenía de las facultades de ciencias políticas y, por las dudas, también de sociología e historia. Reducido al pequeño grupo que participó del experimento de su resurrección, y ahora también a los lectores y lectoras de Página y media, nuestro griego nos explicó con paciencia que democracia es el gobierno del pueblo, mientras que nosotros lo que hacemos es elegir a los que consideramos mejores para ejercer el gobierno, y los mejores, en griego, se dice Aristos, que unido a Kratos nos da la palabra aristocracia: el gobierno de los mejores.
En algunas épocas fueron considerados como mejores los más generosos, los que hacían más regalos a los demás; en otra, los que eran más hábiles en algún tipo de juego, como el de pelota –¡qué rey hubiera sido Maradona!–; en otras a los más fuertes o a los mejores guerreros. A quiénes consideramos mejores hoy es algo que nosotros deberíamos saber mejor que el griego.
La arqueología y la paleoantropología nos han confirmado que, en distintos momentos y lugares del planeta, hubo sociedades que eligieron la democracia como forma de manejar sus asuntos comunes. Estas experiencias, en ocasiones, fueron interrumpidas por la expansión de reinos o imperios, como los de los incas, los faraones o los mandarines, entre otros. En otras fueron crueles invasiones, como las europeas, que en Asia, África y América instauraron el sistema colonial. En otras desconocemos cómo sucedió el abandono de esas prácticas, sin descartar que se haya debido a conflictos internos en los grupos humanos que las llevaban adelante. Pero el caso es que no han llegado hasta nuestros días experiencias de gobiernos democráticos.
Hay quienes dicen que la democracia es imposible porque somos muchos, otros que porque somos tontos. El caso es que estamos gobernados por aristocracias, mejores o peores, que sólo nos conceden presenciar sus disputas y elegir al que nos parece que será menos dañino para nosotros. Luego, hagan lo que hagan, a esperar que se cumpla el plazo y los aristócratas vuelvan a pelear entre sí para hacerse elegir.
Quizás estas aristocracias electivas sean una mejor opción que gobiernos oligárquicos o tiránicos, siempre que detrás de ese prestigioso nombre, democracia, no terminen transformándose en aquellos.
El griego no quiso quedarse, prefirió volver al Hades.
Agosto de 2026. emiliopauselli@gmail.com