… y llovía y llovía, repetía el coro de la canción de Leonardo Favio. Un amante espera a su enamorada y, como lo que predomina es el amor, hasta la lluvia es una oportunidad romántica. Aunque la ciudad quede vacía, él se pone a pensar en cosas bonitas y le habla mentalmente: “Cuando llegues, mi amor, te diré tantas cosas”.
Él espera alegrarse con su canto y con su risa, y caminar con ella por esas mismas calles vacías, charlando y besándose, sin importarles de la lluvia. Y ella espera, a su vez, que quizás él, simplemente, le regale una rosa.
Sólo quince años después Andrés Calamaro vuelve a poner dos amantes bajo la lluvia, pero con un resultado completamente distinto. Él pasa, sentado en una piedra, dos horas o quizás mil horas, con frío, bajo la lluvia, y cuando ella llega lo mira y le dice: “loco, estás mojado, ya no te quiero”.
Él no piensa en rosas ni en risas ni en lo que le va a decir, piensa en ella para poder desahogar el “cohete que lleva en el pantalón”. Ella no piensa en que él la estuvo esperando, sólo rechaza su aspecto lamentable, más ahora que se ha transformado en una estrella: él ha dejado de estar a su altura.
¿Cómo se pasa del sentimiento al aspecto? ¿De la ciudad que cobija a estar lejos de casa? ¿De la ilusión a la conclusión? ¿Del amor al rendimiento? Cuántas tentaciones para responder estas preguntas.
Es difícil no reparar que en medio ocurrió una masacre acompañando el primer intento de imponer el neoliberalismo en Argentina, cuna de estos dos artistas. A su vez, nos comenzábamos a alejar del Mayo francés, del Human Be In, de la Revolución cubana, de la teología de la liberación y de todos esos acontecimientos que proponían un mundo más justo, más humano y en paz.
La idea de que todos y todas somos mónadas aisladas que nos relacionamos para satisfacer nuestras necesidades penetró profundamente, una especie de mercado donde concurrirían todos los aspectos de la persona humana, ya no sólo el trabajo y los bienes materiales; también los sentimientos, las esperanzas y los deseos.
En el mundo de Favio nos da la impresión de encontrarnos con dos personas que se aman, en el de Calamaro con dos personas que se evalúan: ¿Estás muy fría? ¿Estás muy blanca? ¿Estás muy mojado? No sé si me convienes. En el primero los actores parecen movidos por la magia, en el segundo por el interés.
Amigo, no se vive de magia, interrumpe la lectora atenta de los lunes. Seguro que el que escribe estas cosas es un soñador, acusa el amigo de la primera, y ya se sabe cómo son los soñadores. Sí, afirma aquella, no se hacen responsables de nada. Yo a mi marido, si no trae plata a casa, lo pongo de patitas en la calle. Y lo bien que hace, miente el primero que se alegra de no ser su marido, con sueños no se paga en la carnicería.
Es muy probable, de acuerdo a lo que conocemos hoy, que seamos parientes lejanos de algún tipo de mono, pero hubo un invento que nos hizo humanos: ¿la rueda? No. ¿El fuego? No. ¿La agricultura? No. ¡Inventamos la magia!, y una magia tan poderosa que finalmente nos permitió crear a los dioses. Hoy tenemos que elegir qué queremos ser, si monos o dioses, si vivir intercambiando miserias o creando paraísos.
Y esta última es una empresa colectiva, no resulta del uno a uno ni del te doy y me das, sólo se alcanza cuando, por ser semejantes, “se alegre en silencio tu mirada en la mía”.
Agosto de 2026. emiliopauselli@gmail.com