Hace 40 años comenzaron a instalarse en Argentina los llamados “cajeros automáticos”, los que, a medida que fueron perfeccionándose, evitaron largas colas en las instituciones bancarias. No sólo aliviaron el trabajo de los cajeros humanos, sino que, de a poco, fueron eliminándolos. Reemplazo de trabajo humano por tecnología, tema conocido ya desde hace más de un siglo.
Durante esas décadas distintos tipos de automatización fueron imponiéndose en la vida cotidiana. Si bien requirieron que los usuarios adquirieran nuevas destrezas, este esfuerzo se vio compensado por las comodidades que acompañaban su implementación. Por otra parte, el reemplazo de puestos de trabajo por tecnología no constituyó un tema de preocupación social hasta entrados los 90 del siglo pasado.
En los últimos años la situación tiende a agravarse, y no sólo por la utilización de la IA. Se comenzaron a generalizar campañas mucho más agresivas para acelerar ese reemplazo. Ya no se apela tanto a la comodidad que proporciona la tecnología, que en algunos rubros no es tan comprobable, sino que directamente se castiga a aquellos que se empecinen en consumir trabajo humano. ¡La guerra al trabajo ha sido declarada!
¿Pero qué dice este hombre? ¿Se desayunó mal? ¿Quiere que sigamos viviendo en la edad de piedra? ¿Lo que todos queremos no es tener trabajo? ¿No dicen que el trabajo es salud? ¿De qué vamos a vivir si no trabajamos? Todas preguntas legítimas, claro, aunque no estamos seguros de que se puedan hacer todas juntas.
Cuando decimos que se declaró la guerra al trabajo nos estamos refiriendo a que, a las comodidades que ofrece la tecnología y que aportaron a su difusión, ahora se le han agregado penalizaciones por no usarla. Por ejemplo, en las autopistas de la Argentina, el automovilista que no cuente con un sistema automático de pago –en general adherido a su parabrisas para que un lector lo registre y levante la barrera– deberá pagar el doble de la tarifa. Ah, ¿usted quiere que lo atienda una persona? Pague un cien por ciento más para ello. En algunas jurisdicciones, como la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, ya ni siquiera existe esa opción: las cabinas para pago en efectivo han sido eliminadas.
En transacciones financieras ese fenómeno se comienza a extender de manera acelerada. Para el pago de impuestos como, por ejemplo, el ABL (Alumbrado, barrido y limpieza) o el impuesto Inmobiliario, se ofrecen descuentos de hasta el 20 % pagando a través de una app. Diversas operaciones bancarias ya no se pueden realizar si usted no tiene la app del banco instalada en su teléfono.
Hasta los seguros de salud, muchos de ellos manejados por sindicatos de trabajadores, comienzan a ofrecer descuentos por sacar los turnos de manera automática a través de “la aplicación”, aunque en este caso se trate de un tema un poco más complicado que levantar una barrera y donde la tecnología no se revela tan eficiente.
Claro que, potencialmente, es un gran avance que una persona no deba estar ocho horas sentada en una cabina para cobrar el peaje en una autopista, o en la caja de un banco para sellar un comprobante, pero para que esa posibilidad se transforme en una mejora de la vida humana debería estar acompañada por una serie de transformaciones complementarias, como reducción de la jornada de trabajo, ampliación de los mecanismos de distribución de renta, generación de nuevos trabajos y otros dispositivos sociales novedosos.
En una cultura cuyo valor máximo es la obtención de ganancias, la penalización por el uso de trabajo humano tiende a generalizarse de manera inevitable. A su vez, la jornada de trabajo se va extendiendo, porque ese mismo valor supremo autoriza a proveer medios de vida a una sola persona que trabaje más horas cuando esto evita contratar a otras. Las mentadas “reformas laborales” exigidas por el FMI y las organizaciones patronales pertenecen a esta línea de guerra al trabajo.
No parece razonable una sociedad donde las personas pasen horas y horas realizando un trabajo que puede ser reemplazado por la tecnología. Tampoco entusiasma una sociedad donde las personas pasen horas y horas distribuyendo pizzas en bicicleta.
Mucho menos una donde las personas no tengan asegurada la comida de ese día, cosa que no pasaba ni en la edad de piedra.
Julio de 2026. emiliopauselli@gmail.com