Tarjeta roja

A través de los poros del mundial de fútbol, donde compiten deportistas ya agotados por las exigencias del negocio en sus propias ligas, surge, como no podía ser de otra manera, el mundo en el que cotidianamente habitamos. Y ese mundo resulta ser un mundo sin ley, controlado por la voluntad de los poderosos.

Una vez más quedó demostrada la facilidad con que éstos pueden eludir las reglas, como en el caso del levantamiento de la sanción a Folarin Balogun, –player del equipo de EE.UU.–, expulsado por una acción violenta contra un jugador de Bosnia Herzegovina, lo que le hubiera impedido jugar su próximo partido.

Sin embargo, no fue eso lo que sucedió. Bastó un llamado de Trump –el presidente de EE.UU.– a Infantino –el presidente de la FIFA– para que todo quedara arreglado. Con velocidad meteórica la máxima organización del fútbol mundial sacó del desván de los recuerdos un artículo que hacía 64 años que ya no se aplicaba para habilitar al jugador de marras.

Todo el mundo del fútbol se sintió ofendido ya que esa prebenda rompía la principal base de cualquier competencia deportiva: la igualdad de condiciones entre los participantes. En los últimos quince mundiales ningún otro equipo fue favorecido con la revisión de sanciones disciplinarias. Además, este ejercicio de poder le terminó impidiendo al propio equipo de los EE.UU. defender dignamente sus posibilidades aún con su jugador suspendido. Nunca sabremos qué efecto produjo en su plantel la manifiesta arbitrariedad que los favoreció: el hecho es que luego de aceptables actuaciones, en el partido de referencia, con Balogun incluido, cayó por 4 a 1 ante su oponente.

Sin embargo, las autoridades de las distintas federaciones y asociaciones se cuidaron muy bien de disimular estas incomodidades: todos entienden que a los poderosos no hay ley, regla o criterio de justicia que se les pueda oponer.

Claro que el poderoso de turno no es un individuo aislado que ha llegado a ese lugar por mérito propio. Por el contrario, está representando intereses que necesitan de ese tipo de personalidades, amorales, podríamos decir, que no tengan ningún escrúpulo en ejecutar acciones indefendibles y aún contradictorias, tanto desde el punto de vista de las normas vigentes como del sentido común.

Este tipo de personaje hoy firma un tratado con Irán y mañana bombardea Teherán, sin ningún registro de que eso pudiera constituir una falta. Lo único que guía su acción es el interés inmediato de aquellos a los que representa; valores como compromiso, cumplimiento de la palabra empeñada, respeto de los acuerdos carecen de sentido en su universo regido sólo por su propia ambición.

Cada vez dudamos más de que estemos inmersos en una batalla cultural. La cultura incluye la suma de dispositivos que permiten reproducir la vida y, sobre los cuáles, puede haber, efectivamente, diferencias de opiniones. Las conductas descritas no parecen proponer valores o normas alternativas para favorecer la vida, son sólo una manera violenta de imponer su propio deseo.

¿Cuántos Folarin Balogun, hijo de padres nigerianos, habrán volado, esposados, en los aviones destinados a la expulsión de inmigrantes? Sin embargo, este Folarin Balogun obligó a la poderosa FIFA a hacer el papelón del siglo cuando cumplió, rápidamente, con el deseo del presidente de EE.UU., dejando al descubierto lo endeble que resulta toda normativa cuando disgusta a alguien que tiene poder.

Esto, bien mirado, no parece ser tanto una alternativa cultural sino más bien la actividad de un bully al que todos temen y nadie quiere contradecir.

Julio de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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