En los últimos meses muchas personas preocupadas por el destino humano han emitido mensajes desesperanzadores respecto a las posibilidades de la especie de sostener una existencia razonable y, en el límite, de garantizar su propia sobrevivencia.
Claro que razones no faltan. Cuando los líderes de ciertos países, algunos poderosos por sí mismos –EE.UU.–, otros con poderío prestado –Israel– y otros subalternos –Argentina– insisten en desconocer las reglas elementales del derecho internacional, no se sabe ciertamente qué podemos tener por delante, a no ser una guerra permanente donde los poderosos intenten apropiarse de los recursos de aquellos que consideran más débiles.
El peligroso Trump amenaza con retrotraer a pueblos milenarios “a la edad de piedra”, el intrascendente Milei afirma que “hay culturas con las que no se puede convivir”. Podríamos señalar muchas diferencias entre el momento actual del mundo y el surgimiento del nazismo en la primera mitad del siglo XX, pero también sería posible señalar muchas ideas similares a las de aquella terrible experiencia histórica que costó una cifra cercana a los cien millones de vidas humanas.
Sin embargo, a pesar de todas esas malas noticias, algunas luces parecen querer prenderse en el horizonte. Esas mismas personas indican que las cosas en Irán no sucedieron como EE.UU. imaginaba, que algunos resultados electorales en el país del norte mostrarían una tendencia desfavorable para Trump y que muchos gobiernos europeos no quisieron sumarse a la agresión injustificada que Israel y EE.UU. llevan adelante contra distintos países árabes.
En nuestra región se perciben fortalecidos los gobiernos progresistas de Méjico, Brasil, Colombia y Uruguay, mientras que los gobiernos de extrema derecha estarían enfrentando crecientes problemas al no poder ofrecer caminos ciertos de mejora social a sus propios compatriotas.
En la aldea que constituye la Argentina, la influencia del último triunfo electoral obtenido por los libertarios parece diluirse a una velocidad increíble. Probablemente concurren a ese fenómeno las dificultades estructurales del modelo propuesto que deterioró fuertemente el poder adquisitivo de la población, produjo el cierre de empresas y aumentó el desempleo, junto a los crecientes escándalos de corrupción protagonizados por funcionarios del gobierno más el rebrote de la inflación cuyo control fue exhibido como uno de sus principales logros.
En el plano local eso ya alienta el debate sobre qué fuerzas políticas, representadas por cuáles líderes, podrán suceder al fracasado gobierno de Milei. Sin embargo, eso no ha ocurrido aún y, de no colapsar el sistema político actual con anterioridad, estamos a un año y medio de las próximas elecciones presidenciales.
Mientras tanto, no ha sido dilucidado aún de dónde surgen los Trump y los Milei, lo que debería alertar sobre la posibilidad de que algo así vuelva a suceder, con ellos mismos o con personajes más nefastos todavía. Por estos días uno de los que podría saber algo al respecto, y que opina que la libertad y la democracia son incompatibles, está de visita en Argentina: se trata de Peter Thiel, el dueño de Palantir, empresa que entre otros servicios ofrece el de manipulación de los electorados a partir de la inmensa cantidad de información que poseen sobre todos nosotros, lo que les permite excitar nuestros deseos, exacerbar nuestros miedos y determinar muchos de los votos que se emitan.
La ultraderecha está en dificultades en todo el mundo, pero eso no significa que vaya a ser derrotada como opción política. Nunca tan apropiado como ahora recordar el viejo adagio que dice que no se puede vender la piel del oso antes de cazarlo.
Abril de 2026. emiliopauselli@gmail.com