La ciencia ficción, en la opinión de algunos, anticipa aspectos de la realidad que nos esperarían en el futuro. Los escritores, cineastas o dramaturgos dedicados a este género tendrían una sensibilidad especial que les permitiría comprender, a través de su imaginación, la deriva de su propio mundo.
No se espera de esas expresiones artísticas que sean racionales o que den explicaciones socio históricas de sus propuestas. La guerra de los mundos no necesita demostrar que hay vida en Marte ni El eternauta certificar la existencia de la nevada mortífera. Tampoco se le pide al arte que cumpla un papel predictivo: de eso intenta encargarse la ciencia y así le va.
Pero, sin embargo, esas creaciones aparecen en un mundo concreto y son realizadas por personas concretas. Eso permite también leerlas, con razón, como metáforas del propio mundo que las ha generado: han puesto inteligibilidad allí donde reinaba lo inefable.
Cuando Pierre Boulle publicó La Planète des singes en 1963 quizás no imaginó que cinco años después su obra inspiraría una película que, además de tener un inmenso éxito comercial, generaría precuelas y secuelas hasta nuestros días. Es la obra de alguien que participó de la Segunda Guerra Mundial como combatiente y como miembro de los servicios de inteligencia de la Resistencia francesa. Sabía muy bien cómo, en esos contextos, no es tan fácil encontrar la parte humana que deberíamos tener.
Por estos días, en los cuales EE.UU. e Israel atacan a Irán, es difícil no recordar esa saga. Ya sea por la necesidad de hacerse de petróleo para sostener a la alicaída ex primera potencia económica mundial o por el afán de eliminar obstáculos en el intento de recuperar la tierra prometida por Yhavé a los israelitas, una vez más las potencias recurren a la guerra para alcanzar sus objetivos.
Hoy comienza a sospecharse que en este planeta existirían otros seres con derechos, además de los humanos. Así se comienza a hablar de los derechos de la naturaleza y hay casos donde la justicia ha reconocido a algunos animales como personas no humanas. Pero mientras estos eventos, aparentemente auspiciosos, se producen, sigue en entredicho la vigencia de derechos para los miembros de nuestra propia especie: ninguna de las declamaciones sobre el respeto de los derechos humanos parece poder cumplirse en un mundo regido por la defensa de los intereses de los poderosos.
¿Usted quiere insinuar que en esta historia los que no respetan los derechos de los hombres y las mujeres serían simios? De ninguna manera, eso sería faltar el respeto a la dignidad del pueblo norteamericano que luchó abnegadamente por su independencia, como todas las naciones de nuestra América, aunque ahora su gobierno intente someter a otras naciones a un estatus colonial; o negar el sufrimiento y las persecuciones que ha sufrido el pueblo judío a lo largo de la historia, aunque ahora el Estado de Israel, que se autodenomina representante de esa tradición cultural, inflija los mismos vejámenes a otros pueblos, como el palestino.
Sólo queremos hacer notar que en esa saga aún no se ha decidido la batalla final. Boulle, quien fue nombrado caballero de la Legión de Honor y condecorado con la Croix de Guerre y la Médaille de la Résistance, imaginó en su novela a simios adelantados y a humanos salvajes. La sociedad altamente tecnologizada de sus simios fue transformada por el cine en una sociedad primitiva por razones de presupuesto, la crítica a la sociedad de clases, reemplazada por un brazo de la Estatua de la Libertad.
Pero algo ha permanecido inalterable: los humanos, en ciertas circunstancias, no se diferencian en nada de aquellos simios de las películas, ya que, los de verdad, nunca harían tales tropelías.
Marzo de 2026. emiliopauselli@gmail.com