El racismo se asocia, en nuestros días, a prácticas humanas que existieron en el pasado. Acontecimientos como la prohibición de la esclavitud, que afectaba principalmente a seres humanos afrodescendientes, el movimiento por los derechos civiles en los EE.UU. o la finalización del sistema de apartheid en Sudáfrica, fueron hitos que marcaron avances en la lucha contra el racismo.
Ya el propio término “racismo” atrasa respecto a los conocimientos con los que hoy contamos: el descubrimiento de la estructura del genoma humano ha demostrado que pertenecemos todos a la misma raza. Los paleoantropólogos han dejado de pensar al Homo neanderthalensis como otra raza y hoy lo consideran una especie humana con la que el Homo sapiens comparte antepasados y descendencia.
Más allá de la falta de propiedad del término, el pasado en el que recluimos lo que denominamos racismo, en muchos casos, no es tan lejano. Como bien refleja la romantizada película Talentos ocultos, mientras el ser humano ya había comenzado a viajar al espacio, en la NASA los “negros” no podían utilizar los mismos baños y cafeteras que utilizaban los “blancos”. Nelson Mandela, después de estar en la cárcel durante 27 años por luchar por la igualdad de derechos entre las personas con distinto color de piel, asumió la presidencia de Sudáfrica hace tan solo 32 años.
Y si bien la reivindicación de los derechos de la población afrodescendiente es un ejemplo acabado de la lucha contra el racismo, no ha sido ese grupo el único en sufrir discriminación por su origen étnico. El sistema colonial ha restado derechos también a poblaciones asiáticas y a los pueblos originarios de América y Oceanía.
En la Argentina, país con una autoimagen de tolerancia relacionada a los procesos migratorios provenientes de Europa, Asia y de los países limítrofes, no hemos dudado en denominar cabecitas negras a aquellos con un tono más subido de piel y, en general, dedicados a los oficios menos valorados socialmente.
Como se verá, el racismo es una práctica de honda raigambre cultural. Basado en creencias y prejuicios injustificables, encubre profundas asimetrías de poder entre los seres humanos. Probablemente ha sido consolador para los poderosos de distintos lugares de la tierra considerar que sus privilegios estaban justificados por pertenecer a una “raza superior”, y quizás se ha podido sostener en el tiempo haciendo creer a la población que tenía el mismo color de piel que esos poderosos que, más allá de las evidentes postergaciones que sufría, de alguna manera también participaba de dicha superioridad.
Como comprenderán el lector y la lectora atentos, para la erradicación de sentimientos y prácticas racistas no alcanza con declaraciones y leyes, por más importantes y necesarias que éstas sean. Aún sin examinar el mundo actual, deberíamos sospechar que ese flagelo, una vez condenado y prohibido, encontrará nuevos cauces para seguir expresándose, como un inmenso río subterráneo que cada tanto aflora en la superficie.
Una de esas apariciones se puede observar en los sistemas carcelarios. Por ejemplo, en los EE.UU., donde el 14 % de la población es afrodescendiente, en las cárceles el 33 % de los detenidos pertenece a ese grupo. Otro ejemplo, en Australia, donde los grupos originarios constituyen el 4 % de la población, en el ámbito carcelario representan el 28 %.
No importan tanto las distintas explicaciones que se puedan dar a estas situaciones, desde la falta de oportunidades que estas poblaciones tendrían producto de las discriminaciones sufridas en el pasado hasta la sospecha de que los sistema policiales y judiciales siguen fuertemente influenciados por la ideología racista.
Lo que realmente importa es que el racismo contemporáneo, mirándonos a la cara, puede decirnos con autoridad: Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud.
Abril de 2026. emiliopauselli@gmail.com