Más allá de la precariedad en la que parece desenvolverse el mundo actual, el deseo de mejorar la vida humana ha estado presente en los últimos siglos y, con sus idas y vueltas, obtenido algunos logros.
No más pensar que hace doscientos años era normal que varones, mujeres, niños y niñas trabajaran 18 horas diarias, o que hace cien años las mujeres no podían votar, o que hace 30 años aún existían regímenes que establecían diferencias legales entre personas de distinto color de piel; en fin, sería faltar a la verdad decir que la vida humana no ha mejorado.
Sin embargo, la manera en que se ha logrado llamar la atención sobre esas realidades distópicas no siempre ha garantizado un cambio más profundo en la cultura y, sobre todo, establecer un correlato más fiel entre la legislación obtenida y la realidad que esa legislación debería garantizar. Derecho objetivo y subjetivo, que le dicen.
La necesidad de resaltar diversas prácticas que hoy consideramos inadmisibles cuando de seres humanos se trata, por el solo hecho de ser miembros de la especie, ha obligado a hacer foco en aquellas expresiones más sórdidas que esas acciones implican. Esa ha sido, posiblemente, una manera de llamar la atención y de sensibilizar a la sociedad al respecto. Sin embargo, esa estrategia, hoy lo podemos observar, ha ocultado la gravedad, la extensión y, en algunos casos, las raíces de esos problemas.
Por ejemplo, hoy consideramos deleznable la trata de personas con fines de explotación sexual. Las Naciones Unidas se han pronunciado al respecto y existen campañas, programas y legislaciones que, con distinto grado de eficacia, enfrentan ese flagelo propio de la época moderna. Sin embargo, la justificada preocupación por erradicar esta lacra social deja en las sombras la realidad de las personas que ejercen la prostitución por falta de oportunidades de trabajo que les permita sostener su vida y la de sus familias, y que sólo en América Latina y el Caribe se estima en dos millones y medio de personas, la mayoría de ellas mujeres.
Otro ejemplo: se condena y se persigue, con distinto grado de éxito, el trabajo esclavo. El foco puesto en esta práctica aberrante deja en un segundo plano, no sería algo tan malo, a las personas que se desempeñan en trabajos precarios que, en algunos casos, cuesta diferenciar de aquellos. De acuerdo con la información estadística de la que disponemos, en nuestra región, trabajan en condiciones precarias 140 millones de seres humanos.
Se repite, así, el viejo cuento de los dos viejos que competían por señalar la situación más penosa imaginable: –Robar es malo –afirmaba el primero. –Pero peor es la guerra –retrucaba el segundo. A lo que el primero, para no dejarse superar, respondía: –Pero peor que peor, es robar en la guerra. De esta manera, ya robar y la guerra, por separado, no parecían tan malos.
Habrá que reflexionar sobre qué consecuencias ha tenido esta manera de enfocarnos en superar las situaciones más terribles de nuestras sociedades actuales, la que en ocasiones ha dejado en las sombras el sufrimiento de una parte mayoritaria de la población que, sin estar sometida a esas situaciones extremas, la pasa realmente mal.
Quizás el arsenal constituido por programas focalizados, políticas de discriminación positiva y subsidios a la pobreza haya perdido eficacia, en la medida que la producción de desigualdad entre los seres humanos se acelera y abarca cada vez a una mayor parte de la población mundial.
O, dicho de otra manera, no todas las cosas malas son el resultado de las acciones de los “malos”. A veces, las creencias equivocadas de los “buenos” facilitan mucho las cosas.
Abril de 2026. emiliopauselli@gmail.com