Lo espontáneo, lo auténtico y lo bruto

El octavo mandamiento reza “no mentirás” y, de ahí en adelante, decir la verdad ha sido valorado como una virtud. Si no, pregúntenle al pastorcito que mintió dos veces pidiendo auxilio porque venía el lobo y, a la tercera, cuando el lobo vino realmente, nadie acudió a ayudarlo: la bestia pudo comerse al rebaño y, en algunas versiones más extremas, al propio pastorcito.

Más allá del apetito difícil de creer que tendría ese pobre animal, ese ejemplo, por todos conocido y que seguimos relatando a nuestra infancia, contiene una gran imprecisión: confunde la verdad con la sinceridad. Es cierto que las dos veces en que el pastorcito no fue sincero lo que dijo no era verdadero, pero existen otros casos en que esa relación no se hace presente.

¿Cómo así?, exclama la lectora de todos los lunes, mentir es no decir la verdad. Claro, afirma el lector que siempre tiende a coincidir con ella, y el que diga otra cosa está bien loco. O se trae entre manos intenciones que no puede confesar, agrega la primera. Todo es posible, afirma aquél filosóficamente.

Sin embargo, existen casos donde sinceridad y verdad no van de la mano. No le creo, ¿a ver?, interrogan los dos a la vez. Por ejemplo, alguien afirma: “yo creo que la Tierra es plana”. Mire usted qué curioso, por un lado, es verdad que la persona cree eso y por lo tanto es sincera al decirlo, pero, por el otro, contamos con sobradas pruebas de que no es verdad que la tierra sea plana. Pero, por alguna razón, la sinceridad que acompaña a la afirmación le otorga cierto reconocimiento al que la sostiene, así no sea verdadera: “Dice lo que piensa”, se afirma, considerándolo una virtud. Ser sincero, así esté equivocado, hace creíble a la persona.

Sin embargo, al decir lo que pensamos o sentimos, podemos estar mostrando tres aspectos muy distintos de nuestra conducta. El primero es la espontaneidad: compartimos con los demás las primeras impresiones que un evento produce en nosotros. La espontaneidad es considerada valiosa en muchas situaciones de la vida e inconveniente en otros: “María, te admiro”, “María, te detesto”. Ambas afirmaciones resultaron espontáneas, pero, mientras en muchos contextos valoraremos decir la primera, intentaremos, en general, disimular la segunda, más si, por ejemplo, María resultó ser nuestra jefa.

La segunda conducta es la autenticidad. Ser auténtico es bien distinto de ser espontáneo. Comparten ambas el ser sinceros, pero mientras aquella no requiere elaboración, la autenticidad sí la exige. Se acepta que lo espontáneo puede ser cambiante, mientras que la autenticidad requiere de una reflexión previa, a veces prolongada, donde sopesamos e interpretamos aquellas cosas que nos van sucediendo en la vida a fin de dar fundamento a nuestras creencias. La autenticidad consiste en no ocultar nuestra manera meditada de ser y de pensar.

Una tercera conducta que comparte el valor de la sinceridad es la brutalidad. No me he tomado el tiempo de reflexionar, me importa poco el contenido de verdad de mis creencias y menos aún las consecuencias que de ellas se deriven. El antisemitismo, el odio a los árabes, la inquina contra los inmigrantes, la aporofobia, serán todos sentimientos nefastos, pero habrá que reconocerle a esos brutos que dicen lo que piensan, no como los mentirosos, que piensan una cosa y dicen otra, o como los políticamente correctos, que quizás piensan lo mismo, pero lo disimulan.

Ser espontáneo requiere valentía y ser auténtico requiere constancia. Muchos líderes contemporáneos no son ni lo uno ni lo otro, sólo son brutos. Desatan guerras, promueven genocidios o apoyan a quienes lo hacen. La pregunta del millón es: ¿por qué una parte de las sociedades los acepta y cree en ellos? ¿Será que se los considera sinceros en su brutalidad y el valor que la sociedad le otorga a la sinceridad los hace aceptables?

Los griegos creían que lo bello coincidía con lo bueno. Nosotros creemos que lo sincero coincide con lo verdadero. Son ideas alentadoras pero inexactas, aunque encuentren casos de aplicación como en el cuento del pastorcito, pero, y usted bien lo sabe, es mejor no vivir de cuentos.

Abril de 2026. emiliopauselli@gmail.com

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