La igualdad fracasada

Mucho se ha escrito sobre la igualdad y la desigualdad. La igualdad de derechos, la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades, la igualdad de posiciones sociales, en fin, que después de la Revolución Francesa la idea de igualdad toma una connotación positiva, con todas las limitaciones que se le puedan señalar, como el muy tardío reconocimiento del carácter humano de las mujeres o la naturalización de la falta de igualdad de los pueblos colonizados, para dar sólo dos ejemplos.

Sin embargo, no todas las propuestas de igualdad llevan a buen puerto. La causa es muy sencilla: mientras hablamos de igualdad desconocemos, o damos por supuestas sin análisis concluyentes, las causas de la desigualdad. Una de ellas es, probablemente, la consideración de que todas las cosas son mercancías, o sea, que tienen un valor calculable en el mercado.

¿Cómo?, dice nuestro lector desconfiado de todos los lunes, ¿no es que todas las cosas tienen valor? Si no, ¿cómo funciona el mundo? Bueno, en verdad, decimos, el mundo no funciona muy bien. Pamplinas, agrega la lectora que parece siempre dispuesta a llevarnos la contraria, usted siempre criticando, a ver, dé algún ejemplo de cosas que no tengan valor.

Bueno, decimos humildemente, hay quienes piensan que la tierra o el dinero o el trabajo no tienen valor, ya que nadie los ha creado para venderlos. Quizás la tierra, susceptible de recibir mejoras, pueda tener algún tipo de valor, aunque no el que se le atribuye por estar anotada en un papelito a nombre de una persona.

Que el dinero no se vende resulta bastante claro, haría falta otro dinero para comprar el dinero, y otro para comprar ese último dinero, y así hasta el infinito; en verdad, el dinero se alquila y los intereses son el pago de ese alquiler, por eso se calculan por plazo: tal o cual interés anual o mensual o diario.

Y qué decir del trabajo: al trabajador y a la trabajadora los producen la familia y la sociedad que los alimenta, les transmite el lenguaje, los acompaña en su crecimiento, les provee de estudios y controla su salud. No parece posible fijar un precio al trabajo: en todo caso, la remuneración que perciba el trabajador será el resultado del tira y afloje entre éstos y sus empleadores.

Sin embargo, no parece ser ésta la idea ni de los sindicatos ni de las organizaciones que se atribuyen la representación política de los trabajadores. Por el contrario, éstos y éstas parecen estar convencidas de que el trabajo sí tiene un valor, y que el problema radica en que ese valor es escamoteado por los patrones, el Estado o cualquier otro tipo de contratante.

Y hay una consigna muy antigua que se enarbola en nombre de la igualdad que reclama “igual salario por igual trabajo”. Hasta los pactos de derechos humanos la incluyen. Claro que la intención de la consigna es buena, está pensada para que no sean discriminadas, por ejemplo, las mujeres, las que constituyen la mitad de la humanidad. También intenta defender la situación de algunos grupos desfavorecidos, como poblaciones originarias o racializadas o detentadoras de un estatus cultural desventajoso por otras razones.

Pero más allá de sus intenciones, al reclamar “igual salario por igual trabajo”, se reconoce que el trabajo tendría un valor identificable. Ahora bien, un trabajador puede ser más fuerte que otro, o más inteligente, lo que hará que los resultados de sus trabajos sean desiguales. Si se cumpliera con la anterior consigna, entonces, su distinta remuneración no propiciaría ningún tipo de igualdad.

Y también esos trabajadores pueden tener distintas necesidades. Con hijos o sin ellos, con familiares enfermos o con otras contingencias que no alcancen a cubrir las previsiones de la seguridad social. O sea, que percibiendo igual salario por igual trabajo tampoco estaríamos produciendo igualdad.

Como decía Alicia en el país de las maravillas, todas las cosas tienen una moraleja. La de hoy es que confundir el valor del trabajo con la dignidad de la persona que trabaja, nos puede llevar, a pesar de nuestras intenciones, a impulsar igualdades fracasadas. No otra cosa es el aumento permanente de los trabajadores pobres, aun de los que cobran igual salario por igual trabajo.

Marzo de 2025. emiliopauselli@mail.com

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